CAPITULO XVI
LA ALBORADA
AMANECE el 17 de Octubre de 1945. Para comprender lo que ocurrió en el transcurso de aquella dramática semana de la pasión política argentina, habría sido menester haber mantenido con el pueblo argentino, con su pasado y su presente, un contacto infinitamente superior y más profundo del que estuvo al alcance del perspicaz diplomático inglés. Por ejemplo, Sir Kelly anota simplemente en sus Memorias que "se produjo una revuelta entre los partidarios del Gobierno y que el Coronel Perón fue arrestado y sacado de Buenos Aires", pasando demasiado apresuradamente sobre este punto neurálgico de la cuestión. Porque ahí estaba el nudo de la cuestión. ¿Por qué se produjo esa desavenencia entre los jefes superiores del movimiento revolucionario? ¿Por qué fue arrestado y sacado de Buenos Aires el coronel Perón? ¿Por qué precisamente él y nadie más que él? En la respuesta a estas preguntas cabría, resumida, toda la historia de la trascendente revolución argentina, cuya verdadera fisonomía recién comienza a perfilarse con caracteres netos a partir del 17 de Octubre.
En la conjunción de la compleja amalgama de intereses creados, de orgullos de clase y de odio "histérico", (como dice Kelly), que se polarizaron contra Perón, y en el choque de esa obscura masa de intereses y sentimientos contra la voluntad del pueblo, en cuyo pecho la esperanza de una inmediata redención tenía ya la forma, la figura y el nombre-bandera del coronel Perón, hay que buscar las causas que provocaron, primero, el alejamiento forzoso, la prisión y la tentativa de confinamiento de Perón, y en seguida, la razón del formidable estallido popular, la reacción de las masas que determinó su rescate en la maravillosa jornada del 17 de Octubre, única por sus características en los anales de la historia moderna.
Tampoco debería dejar de mencionarse la parte decisiva y la acción excepcional que en la histórica emergencia le tocó desempeñar, con ejemplar denuedo, a la singular figura femenina que también a partir de esa fecha pasó a ocupar un sitio de honor en la primera línea de trinchera, al lado mismo de su Líder: la inmortal Eva Perón.
Desafortunadamente, Mr. Kelly no menciona ni aborda estos problemas y, en consecuencia, tampoco lo haremos nosotros a fin de no excedernos del marco prefijado a este trabajo, cuyo modesto propósito no es otro, como queda dicho, que el de subrayar el esclarecedor reflejo que las citas, recuerdos, anécdotas y opiniones del ex embajador arrojan sobre el brumoso espejo de la realidad nacional de aquellos días.
Ha salido el sol del 17 de Octubre. Veamos cómo enfoca Mr. Kelly su panorama a través de sus anteojeras imperiales:
"En las primeras horas de la mañana del 17 de Octubre —cuenta sír David— los gerentes de los ferrocarriles ingleses vinieron a decirme que se había declarado una huelga espontánea, sin organizadores conocidos, en todos los ferrocarriles, de modo que Buenos Aires estaba aislado. En la tarde de ese día, decidí que era necesario ir a la Casa Rosada para decirle al único ministro que quedaba —el Ministro de Marina— que debía asumir la responsabilidad de proteger los ferrocarriles. Debo confesar asimismo que me impulsaba una enorme curiosidad por saber qué estaba pasando. Al acercarnos a la Casa Rosada vimos que la plaza estaba atestada de descamisados; alrededor de la Casa Rosada había un cordón de policía montada, pero no hacían esfuerzo alguno por impedir el paso de la gente ni se metían para nada con la multitud. El chofer quería retroceder y tuve que insistir para que siguiera adelante a muy poca velocidad. Tal como había esperado, la multitud nos dio paso no bien vio la bandera inglesa, contentándose con gritar en forma amistosa: "¡Viva Perón ! ¡Abajo Braden!". Llegué hasta la Casa de Gobierno y el Ministro de Marina me prometió que haría todo lo posible en el asunto de los ferrocarriles; pero por el momento ni él mismo estaba seguro de lo que estaba sucediendo. Esa incertidumbre duró poco. Media hora después de dejarlo, pasando a través de la multitud con la misma facilidad con que la había pasado antes, el presidente Farrell arengaba a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada, y parado a su lado estaba el coronel Perón, que había sido traído en triunfo a la ciudad esa tarde. Ese mismo día algunos miembros de la oposición habían decidido aceptar la situación y entrevistaron al general Farrell para llevarle la lista propuesta de Ministros, pero se los despidió diciendo que el Coronel Perón había vuelto. De esta manera la oposición, que la campaña de Braden había llevado a un grado de exacerbación que quizá haya sido la causa de la desaparición temporaria del coronel Perón, desperdició su única oportunidad de recuperar el poder y de excluir permanentemente a su futuro dictador. Desde ese momento en adelante, hasta las elecciones a principios de 1946, los acontecimientos se sucedieron rápidamente indicado cuál iba a ser, en mi opinión, pero no en la de la oposición cegada por el odio y por sus propios deseos, el fin inevitable".
Mr. Kelly nos obliga a repetir aquí algo que ya hemos señalado más de una vez a lo largo de esta confrontación. Como inglés y representante de los intereses imperiales de Gran Bretaña, hay cosas de la vida argentina que forzosamente escaparon a su inteligente penetración. Por otra parte, y debido a la índole misma de sus funciones (practicadas por él al estilo antiguo, según lo confiesa en la primera parte de estas Memorias: "Argentina 1919-1921" que ya hemos comentado) sir David sólo ha estado en íntimo y permanente contacto con las clases oligárquicas argentinas.
En cuanto al Pueblo nuestro, el verdadero Pueblo, apenas si llegó a conocer su fisonomía exterior.
Sus habituales anfitriones no pudieron enseñarle nada al respecto, ni orientarlo, porque tampoco ellos conocían al Pueblo, cuyo rostro confundían con el de las multitudes que se agolpan dominicalmente en hipódromos y estadios. De ahí la absoluta incomprensión de unos y otros acerca de los motivos que provocaron el afloramiento de las clases sociales argentinas sumergidas y su geológica eclosión el 17 de Octubre.
Por esa causa se equivoca Mr. Kelly al opinar, como lo hace en el párrafo que acabamos de citar, que la oposición "desperdició" la única oportunidad que se le ofrecía de recobrar el poder y de anularlo para siempre a Perón. Ese poder no lo hubiera recobrado nunca, de todos modos, porque el pueblo había abierto los ojos y tenía ya un Conductor. En el peor de los casos, sí los dirigentes del "puzzle" político de la U.D. hubieran hecho gala de otra cosa que de la tremenda incapacidad que pusieron de relieve, en particular los jerarcas de la oligarquía como para acentuar a los ojos de todos la irremediable decadencia que la afecta, sólo hubiera podido ocurrir una cosa y por cierto que bien lamentable para el país: el estallido de la guerra civil. Y una guerra civil (aunque Braden la agitara desde lejos como una esperanza) es la peor calamidad que pueda abatirse sobre un pueblo,
El 17 de Octubre fue una epopeya, la aurora de una gran esperanza para los humildes, el alba de un nuevo día para los sumergidos. Ese día, el pueblo puso su sello definitivo a la revolución iniciada el 4 de Junio al respaldar, con su presencia y con su fuerza, la reivindicación de los derechos de los trabajadores, y la reconquista de todo lo argentino, que el coronel Perón había inscripto en su estandarte de guerra al enfrentar a la oligarquía.
Sin el 17 de Octubre, el movimiento del 4 de Junio hubiera corrido el riesgo de estacionarse en una revolución inconclusa. La marea popular que arrancó a Perón de las garras de la regresión que enconadamente operaba desde la sombra, fijó para siempre el destino y el norte de ese Movimiento. Por otra parte, así lo dejó claramente establecido el general Perón al declarar ante la Asamblea Constituyente del año 1949:
"La historia nos enseña que toda revolución legítima es siempre triunfante. No es la asonada, ni el motín, ni el cuartelazo: es la voz, la conciencia y la fuerza del pueblo oprimido que salta y rompe la valla que le oprime. No es la obra del egoísmo ni de la maldad. La revolución en estos casos es legítima, precisamente porque derriba el egoísmo y la maldad. No cayeron éstos pulverizados el 4 de Junio. Agazapados, aguardaron el momento propicio para recuperar las posiciones perdidas. Pero el pueblo, esta vez el pueblo sólo, supo enterrarlos definitivamente el 17 de Octubre”.
Esto aclarado, vamos a pasar de largo sobre tan fundamental y decisivo episodio de la vida nacional. El 17 de Octubre es para la Argentina de hoy una fecha excesivamente cargada de significado histórico, como para enfocarla y definirla en un final de capítulo. Quede para otra ocasión.
¿Caudillo o Conductor?
"Desde mi primer encuentro con Perón —cuenta Kelly— llegué a la conclusión de que era un brillante improvisador, con un fuerte sentido político y gran encanto personal, pero sin interés alguno por la ideología nazi ni por ninguna otra. Sentía instintivamente, y estaba en lo cierto, que la masa desheredada del pueblo argentino ansiaba tener un caudillo, que es la palabra latinoamericana para el dictador personal que posee en cierta manera una atracción mística; con un instinto seguro sobre la mejor manera de sacar provecho de este sentimiento eligió, en 1943, el entonces obscuro cargo de Secretario de Trabajo y Previsión. Se dedicó perseverantemente a crear un movimiento gremial con auspicio gubernamental y bajo su propio control, y en menos de dos años consiguió atraer a la gran mayoría del proletariado. Ya he mencionado cómo perdió la oposición conservadora la oportunidad de formar un nuevo gobierno bajo la presidencia de Farrell en octubre de 1945, y cómo un movimiento espontáneo del proletariado trajo de vuelta a Perón, y esta vez definitivamente".
De nuevo pasa aquí Mr. Kelly demasiado a prisa sobre un detalle fundamental del panorama político que intenta describir a vuelo de pájaro. Dejemos de lado eso de que la masa "desheredada" del pueblo ansiaba instintivamente tener un caudillo y que Perón "lo sabía". Mucho se ha discutido sobre la exactitud o el error en que se incurre siempre que se aborda ese obscuro tópico de la idiosincrasia latina —o más exactamente, latinoamericana—. No es este el lugar más indicado para dilucidar tal problema. Contentémonos con señalar, de paso, que para quienquiera que haya frecuentado el estudio de la historia humana, desde los albores de la civilización hasta nuestros días, es por demás evidente que en cualquier latitud y bajo cualquier condición económica, desarrollo social, clima físico o político y toda otra circunstancia determinante, las masas inorgánicas o los pueblos organizados han experimentado siempre esa ansiedad o apetencia de un jefe a que alude Mr. Kelly, particularmente en períodos cruciales de evolución, adversidad o incertidumbre.
Ahora bien: dado el jefe o la circunstancia determinante, ¿qué es lo que hace la diferencia entre un "caudillo" •—palabra cuya etimología política coincide generalmente con el sentimiento de la arbitrariedad personal y su abusivo ejercicio— y el "conductor", cuya acción supone de hecho una armonía preestablecida, una conjunción de voluntades concertadas entre el que manda y la masa que, organizada, obedece?
Nadie mejor que el propio general Perón ha dejado bien establecido la línea divisoria que separa los perfiles y el modo de obrar de uno y otro. Considera el general Perón que el caudillismo —y desde luego la persona que eventualmente le da vigencia: el Caudillo— constituye el inevitable fruto de una deficiente organización social. Por eso, en su discurso a los legisladores peronistas, en junio de 1949, señaló lo siguiente:
"Hay que reemplazar el caudillismo por el estado permanente, orgánico, de las masas políticas y ese será, señores, el gran triunfo de nuestro partido, si es que nosotros podemos imponerlo en el panorama nacional. Si nos organizamos nosotros, tendrán que hacer lo mismo los otros partidos políticos, porque sino no llegarán más al poder. Si mañana fuéramos derrotados por un partido mejor organizado que el nuestro, yo me sentiría inmensamente feliz porque de un partido orgánico nada malo puede esperar el país; en cambio, muchos males pueden esperarse de hombres que, por bien intencionados que sean, actúan con un grado de desorientación".
Y en otra ocasión, un mes más tarde, al dirigirse a la Asamblea General del mismo partido, el general Perón hizo este paralelo entre Caudillo y Conductor que, .a nuestro juicio, fija exhaustiva y definitivamente los términos del problema:
"El caudillo improvisa, mientras que el conductor planea y ejecuta; el caudillo anda por entre las cosas creadas por otros, el conductor crea nuevas cosas; el caudillo produce hechos circunstanciales mientras que el conductor los produce permanentemente; el caudillo destruye su acción cuando muere y la del conductor sobrevive en lo que organiza y pone en marcha. Por eso el caudillo actúa inorganizadamente y el conductor organiza venciendo el tiempo y perdurando en sus propias creaciones. El caudillismo es un oficio y la conducción es un arte". [1]
Admitida pues, la "apetencia" de un jefe a quien seguir, que Mr. Kelly creyó haber descubierto en el pueblo argentino en ese período, y conceptivamente encuadrada la acción del mismo en los términos que se acaban de señalar, ¿por qué resultó Perón el elegido? Estaba en la capacidad mental de muchos el advertir ese estado de ansiedad popular y de hecho fueron varios los que la advirtieron e intentaron señalarse a sí mismos como los más indicados para satisfacerla. ¿Por qué fue Perón y no otro el jefe ungido por el favor popular?
Es innegable que los pueblos participan en cierto modo de la misteriosa virtud que se atribuye a los rabdomantes. Casi de entrada, el nuestro lo "sintió" a Perón. Mientras lo que se entiende por las "clases ilustradas" y cuando, en general, lo que se conoce por "opinión pública" se hallaban aún virtualmente en la luna en lo que respecta al futuro social y político inmediato de la Nación, ya los trabajadores lo habían reconocido a Perón y, a través de ellos, todo el pueblo del país lo saludaba como a su mentor, su defensor y su guía. Por éso, porque ya lo habían descubierto y sentían identificadas en él sus ansias de redención fue que, cuando la oligarquía opositora coaligada con la insidia extranjera intentaron arrebatárselo, las masas trabajadoras y el pueblo entero se lanzaron tan denodadamente a la calle, decididas-a reconquistarlo a cualquier precio.
Esto es lo que Mr. Kelly no alcanza a comprender en su verdadero y profundo significado cuando se refiere al episodio de la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Por insuficiente conocimiento de nuestro medio y de las características actuales de nuestro pueblo (mala información que, repitámoslo, no hay que achacarle a él sino a la oligarquía en cuyo ambiente se movió) Mr. Kelly creyó ver el nacimiento de un "caudillo" en la actividad creadora y organizadora, de un "conductor".
Para empezar su tarea, Perón eligió, al principio, algo que era mucho más obscuro aún. Pidió la dirección del antiguo y anodino Departamento de Trabajo, repartición pública inútil como un hongo, cuya sola denominación constituía un verdadero sarcasmo y a la que jamás concurría ningún obrero en busca de amparo, a menos que no estuviera en sus cabales.
Mientras los demás jefes militares se disputaban los cargos de mayor relumbrón en el gobierno, el "ignorado" coronel Perón pidió para sí un puesto que, por lo insignificante e incoloro, de seguro que habrá hecho sonreír para sus adentros a sus poco avisados colegas. En el raso horizonte de la Patria, Perón había visto alzarse su estrella, y se aprestaba a seguirla.
¿Cuál fue, en substancia, el propósito, la idea, que dio origen a la Secretaría de Trabajo y Previsión? Dejemos la palabra a su creador, el general Perón:
"Diré cuál fue la verdadera concepción con que se creó, porque yo fui el creador y el inspirador de todas las obras que allí se realizaron. Veíamos a nuestra pobre gente empujada desde todos los lugares; iba a todas partes a pedir y cuando lograba conseguir algo, salía amargada a pesar de haberlo conseguido; veíamos al desgraciado que no tenía adonde recurrir, que debía afrontar las situaciones que se le creaban; desde el agente de policía que lo sacaba del banco de la plaza hasta quien lo recibía para darle de comer o para ayudarlo, era muchas veces vilipendiado por una sociedad que es la responsable de ese estado de cosas al cual no ha sabido ponerle remedio, que lo repelía de todos los medios donde ha tomado contacto con ella. Yo creé un organismo, llamé a los ordenanzas y les dije: "Vamos a hacer una casa donde el más desgraciado llegue y pueda mandar, porque alguna parte debe tener donde él mande"; un organismo donde llegue un hombre a defender los derechos que no se le han aceptado en ninguna parte, y ahí se los acepten o por lo menos se estudie su problema para solucionarlo. Con ese espíritu la Secretaría de Trabajo y Previsión pasó a ser la Casa de los Trabajadores y se comenzó a estructurar algo más racional y orgánico, y es precisamente del espíritu de esa casa como han nacido los Derechos del Trabajador". [2]
El Odio de los Ricos
Sigamos el hilo de su narración: —"Todavía oportunista —dice Kelly— por un tiempo siguió dispuesto a llegar a transacciones con las esferas comerciales, pero el odio histérico de los ricos (Kelly vio "ese odio de los ricos" ese mismo odio que los ricos atribuyeron a Perón primero y a Eva Perón después como creadores e instigadores de la división y la lucha de clases) y la mal aconsejada campaña del embajador Braden fortalecieron de tal manera su dominio sobre las masas que pudo prescindir de cualquier otra clase de apoyo. Aún cuando su carta de triunfo más fuerte era su propia popularidad con las masas, sacó inmensa ventaja del hecho de poder empapelar las paredes con carteles murales cuyo slogan era "Braden o Perón", haciendo reaccionar de esta manera la desconfianza profundamente arraigada de los argentinos hacia los norteamericanos".
El odio "histérico" de los ricos, dice Kelly. Y dice bien. ¿Por qué las clases económicamente privilegiadas odiaban a Perón? Es cierto que éste había dicho: "queremos menos ricos y menos pobres". ¿Pero era solamente por éso? Detrás de esa frase aparentemente inofensiva y de corte evangélico, las clases adineradas presentían que se ocultaba algo mucho más grave, adivinaban que se había despertado en el país algo nuevo y peligroso para la estabilidad de la vieja injusticia en que se apoyaban su bienestar y su prosperidad económica. Los ricos sospechaban que este elocuente defensor de los trabajadores, que este campeón de los desheredados, que había irrumpido casi de pronto en el escenario nacional dominando con su varonil silueta de luchador el panorama hasta entonces gris y amorfo del vivir argentino, no les iba a dar cuartel ni se iba a conceder reposo en sus confesados propósitos de retacearle hasta donde fuera posible el usufructo de sus privilegios, para volcarlos en favor de los trabajadores.
Cada resolución por él inspirada, cada decreto-ley emanado de la Secretaría de Trabajo y Previsión, cortaba una de las mil cabezas de la hidra oligárquico-plutocrática. Perón no solamente exigía que se les pagaran jornales decentes a los obreros, y que se los tratara como a seres humanos que eran, cosa que al parecer muchos habían olvidado, sino que exigía, además, que se los cuidara, que se los respetara, que se les devolvieran sus perdidos derechos de gentes, incluso al peón de campo, incluso a la sirvienta de todas partes, reglamentando su horario de trabajo, elevándole el salario, estableciendo sus derechos a la jubilación, fijando sus derechos a indemnización por despido, sus derechos a asistencia y servicios sanitarios, vacaciones pagas, turismo social, etcétera.
En una palabra, Perón reclamaba para todos —y no se conformaba con palabras, sino que apuraba el hecho, creaba la realidad— trato humano, digno, cristiano, pro fundamente cristiano, y profundamente humanista. Perón vino a revivir algo que la humanidad recordaba muy vagamente haber oído ya hace cerca de dos mil años, ésto es, que todos somos seres humanos, que todos somos hijos de Dios, hasta los más humildes y desamparados, y que si algunos, entre todos, merecían consideración diferente, un tratamiento excepcional, éstos eran, aparte de los niños "los únicos privilegiados", los trabajadores, los hombres que se ganaban el pan, para ellos y para los suyos, "con el sudor de su frente", de acuerdo con la inmortal admonición bíblica, superada por el Evangelio en su anuncio; "mí yugo es suave y mi carga, ligera".
Esto era lo que inquietaba a los ricos, esto era lo que alarmaba a las clases perezosas y socialmente parásitas que soportaba el país. Después de haberse convertido casi en sinónimo de inferioridad social y constituido motivo de humillación, pues no era considerado "bien" trabajar con sus propias manos, el Trabajo, así, con mayúscula, se había transformado de golpe, bajo la palabra y la acción de Perón, en el primer honor para un ciudadano argentino. Ahí estaba el punto neurálgico. Casi tanto como la amenaza que se cernía sobre sus bolsillos, esta tentativa de nivelar, en nombre de la Justicia Social, los derechos de los trabajadores a todos los demás "derechos" invocados por las clases privilegiadas, fue lo que asustó primero y encendió luego hasta el rojo vivo de la indignación a la aristocracia y la oligarquía vacunas, hermanadas en el mismo rencor con la burguesía adinerada, y, desde luego, con esa otra clase invertebrada, neutra y pretenciosa que se denomina a sí misma "la minoría ilustrada",
Esa fue la gran corazonada de Perón: tirarse a fondo en la reivindicación de las clases trabajadoras y humildes, sin arredrarse ante lo que pudiera pasar, realizando valientemente los Derechos que luego proclamó como decálogo en 1944, sin detenerse demasiado a pensar en la contraparte que el disfrute de todo derecho supone. Ya habría tiempo de sobra para esto último. Demasiado conocían ellos, los desamparados, a quienes se había propuesto reivindicar, esa otra cara de la medalla que se llama el Deber. En cambio, a la otra, el Derecho, no la habían visto todavía, como tampoco habían visto nunca la otra cara de la Luna.
¡Vaya si conocían el "Deber" nuestras clases más humildes de trabajadores! El empleador que tomaba a su servicio un obrero, un peón, un jornalero o una sirvienta, le imponía al detalle una cantidad de "deberes" que había que cumplir al pié de la letra y de cuya observancia se le hacía personalmente responsable, pero no le mencionaba jamás ningún "derecho", fuera del muy relativo al salario, casi siempre tan exiguo que apenas si alcanzaba para satisfacer las más elementales necesidades de la vida animal. Y si por esta causa alguno de ellos se atrevía a protestar, se lo echaba a la calle sin más trámite, y si unos cuantos se organizaban para defenderse e intentaban una huelga, entonces aparecían los custodios del orden (porque el reclamo del derecho a una vida decente era calificado como un desorden, una "alteración del orden") y los obreros rebeldes eran despedidos en masa y se veían reemplazados por obreros "'libres" y sus cabecillas puestos fuera de la ley, cuando no vejados y encarcelados. En cuanto a sus "derechos cívicos", mejor no hablar. La farsa del fraude electoral, por ejemplo, era llevada tan lejos que superaba los límites de lo grotesco.
Este brusco viraje, este cambio en la luz que hasta entonces había iluminado el panorama nacional, soliviantó a todo el país. Las clases hasta entonces oprimidas, los mal asalariados, los humillados, los sumergidos, se alzaron en sucesivas oleadas y reclamaron el trato y el pago correspondientes a su trabajo y a su condición humana. Esa fue la obra substancial de Perón, en-lo que a elevación del nivel social, económico y moral de las clases sumergidas respecta. Y ahí está la razón del odio "histérico" que a partir de entonces le profesaron las clases ricas, según apunta en sus memorias Mr. Kelly.
Las Aldeas de Potemkin
A esa circunstancia se vincula también eso de la "mal aconsejada campaña del embajador Braden" que, tal como lo comprobó al ex-embajador, hizo reaccionar violentamente a los argentinos
Sí. Fue nuestra oligarquía la que aconsejó a Mr. Braden meter las cuatro de caminar en la política interna de la Nación Argentina. Lo ha denunciado con todas las letras —naturalmente que sin proponérselo, pero así surge del plácido fluir de sus recuerdos en estas Memorias que estamos comentando— un ex diplomático británico quien, desde su atalaya en la embajada de Buenos Aires, asistió a todo el proceso y en cierto modo convivió con los responsables de esa ignominia.
Braden entró aquí con paso cauteloso, como lo demuestran sus declaraciones antes de llegar al país y aún las de los primeros días de actuación entre nosotros, y es casi seguro que hubiera seguido comportándose de esa manera si la oligarquía criolla, obsecuente y pedigüeña, no lo hubiera incitado a desmandarse. Y luego, ya desbocado Braden, fue esa misma oligarquía la que continuó instándolo a que se entrometiera cada día más y más. Tanto lo alentó, lo aduló, lo aplaudió, que llegó a ilusionarlo y cegarlo por completo. Braden actuó aquí desde su puesto de embajador y luego desde la ayudantía del Departamento de Estado, completamente equivocado con respecto a los verdaderos sentimientos y a la reacción que su actitud provocaba en el seno del pueblo argentino. Creyó que a "la inmensa mayoría" le parecía de perlas su intromisión y su abuso, su permanente violación del respeto que debía a la soberanía nacional. Y ésto, porque la oligarquía se encargó de hacérselo creer así. En consecuencia, la mitad de la culpa, cuando menos, del atropello bradenista, la tiene la oligarquía criolla que, por medio de su infaltable presencia física en torno a la persona del embajador, la nube de incienso en que lo envolvió, la ruidosa prédica de la copiosa prensa entreguista, y por último, con el broche de oro (oro en dólares) de la famosa "Marcha de la Libertad y la Constitución” le apuntó a Mr. Braden las consabidas "aldeas de Potemkin" y el yanqui embajador tragó todo: la carnada, el anzuelo y el hilo. Terminó por creer de verdad que su misión aquí era infinitamente superior a la que había imaginado cuando le asignaron el cargo, llegó a creerse seriamente el salvador de la paz continental, el campeón de nuestra democracia, y el redentor del pueblo argentino.
Por sí alguno dudara todavía de la parte que desempeñó nuestra oligarquía en esta curiosa ilusión de Braden, véase este telegrama que un "distinguido" núcleo de damas y caballeros de esa casta envió al senador norteamericano Connally, presidente a la sazón de la comisión de relaciones exteriores del Senado de la Unión, a raíz de producirse en Washington la prolongada amansadora a que se lo sometió a Braden antes de confirmarlo en su nuevo cargo. La vocación entreguista de nuestra oligarquía había llegado a un tal grado de sumisión frente a la poderosa nación extranjera que pretendía sojuzgarnos, que la dilatada pausa para la meditación que se tomaron los senadores de la Unión antes de confirmarlo a Braden le produjo un interminable escalofrío en la médula a los contubernistas de la U. D. local, no sea el diablo que se viniera abajo el castillo de naipes y se deshiciera la trenza yanqui-criolla para voltearlo a Perón.
El telegrama a que aludimos, rubricado por una serie de rimbombantes apellidos, correspondientes todos ellos a las mejores páginas del Libro de Oro de nuestra Guía Social, estaba concebido en estos términos:
"La opinión democrática argentina coincide con la posición de Mr. Braden respecto al problema de la libertad en América —reza— y desea expresar que considera como una actitud amistosa para nuestro pueblo y nuestra democracia su confirmación como Secretario de Estado adjunto para los asuntos latinoamericanos".
No vale la pena mencionar los nombres de quienes suscribieron esta original rogativa. Naturalmente, éstos representaban "la crema" de la extensísima nómina de los que formaron filas en cuanto homenaje público se rindió a Braden mientras permaneció entre nosotros.
Lo raro de este episodio es que ese mismo Connally, destinatario del insólito petitorio, había dicho en esos días en pleno senado norteamericano y refiriéndose precisamente a este presunto salvador de la democracia panamericana: "Algunos de nosotros opinamos que lo mejor para todos era no intervenir en los asuntos internos de otros países. Quisimos que nadie pensara que al aprobar el nombramiento de Spruille Braden íbamos a volver a la política del garrote y a la diplomacia del pasado". Y si todavía no fuera del todo claro, Connally añadió lo siguiente: "La única clase de gobierno que tiene valor para el pueblo es el gobierno que el pueblo adopte y mantenga, y no puede ser impuesto desde el exterior".
¿Qué pensaría Mr. Connally del anterior telegrama y de las gentes que se lo enviaron?
CAPITULO XVII
LA ALTERNATIVA: O BRADEN O PERÓN
A UN cuando Perón no ejercía funciones ministeriales, —sigue narrando Mr. Kelly— desde el cargo clave de Secretario de Trabajo y Previsión no sólo promulgó una serie de decretos y reglamentaciones destinados a ser recibidos con satisfacción por todos los sectores del proletariado, sino que convirtió a la Secretaría, con todos sus representantes e inspectores regionales, en una enorme máquina electoral. Sin embargo, de lo que sacó más ventaja fue el hecho de que el señor Braden, desde Washington, continuó llevando adelante su dramática intervención mediante constantes declaraciones y discursos. El slogan que, como dije antes, pronto apareció en todos lados en los carteles murales fue "Braden o Perón" y "los obreros argentinos contra la dominación yanqui", etc.
Vamos a citar solamente algunas tomadas al azar, de las innumerables agresiones verbales de que Braden hizo víctima a nuestro país en cuanto se alejó de sus fronteras. Ni siquiera nos concedió un descanso desde las distintas etapas de su viaje. La lluvia de metralla iba a ser incesante. Sólo se detuvo —y a medias— cuando sus propios compatriotas, hartos de tanto ruido para nada, lo sacaron tiempo después del puesto clave del Departamento de Estado. Desde entonces, Braden, (cuyo retorno la oligarquía criolla sigue añorando, como la vuelta de su Mesías) se ha convertido para nosotros en una especie de tábano, que aparece de golpe en ciertos días de bochornosa canícula, zumba horrísonamente a nuestro alrededor y desaparece como ha venido, hasta otra vez, dejando en el aire, por largo rato, una desagradable estela. Habrá que tener paciencia y esperar a que se lo trague, para siempre, el Gran Silencio . .
Con el pie en el estribo, desde San Juan de Puerto Rico, Braden nos manda por elevación esta andanada:
"Me han conmovido, aunque no sorprendido —declara a los periodistas de aquélla ciudad— los sucesos ocurridos en la Argentina después de mi partida. El hecho de que el régimen de facto vuelve a recurrir a medidas extremas de represión, inclusive el encarcelamiento de ciudadanos patriotas, cuyo único ¿leseo es que su país vuelva a la libertad de sus instituciones constitucionales del gobierno representativo, es algo ante lo cual los otros pueblos de este hemisferio no pueden permanecer indiferentes".
"Confío —añade— en que las naciones americanas no fallarán en la defensa de sus propósitos comunes. La enorme mayoría del pueblo argentino —más del 90%— es democrática (Braden lo dice, bien -se vé, por lo que le ha hecho creer la oligarquía, y por la "Marcha de la Libertad y la Constitución", que tanto contribuyó a ilusionarlo a ese respecto: siempre insistió que en esa manifestación se habían congregado más de 500.000 personas) y amiga de los Estaos Unidos. Los otros estados sudamericanos comienzan a darse cuenta de la significación de las tendencias en la Argentina, lo cual les inquieta".
Obsérvese la aparición, en labios de Braden, de una nueva serie de estribillos correlacionados entre sí: "los otros pueblos de este hemisferio no pueden permanecer indiferentes"; "confío en que las naciones americanas no fallarán en la defensa de sus propósitos comunes"; "los otros estados sudamericanos comienzan a darse cuenta..." etc.[3] ¿Qué quiere decir? Todo eso no es pura monserga, como se verá. Algo sensacional se trae en sus alforjas. No hay que olvidar que Braden estuvo en el Río de la Plata y que el Gobierno (de alguna manera debemos llamarlo) de la orilla de enfrente está muy a mano. Ya develaremos el misterio. Sigamos citándolo. En Miami y en Nueva York, se muestra muy eufórico: "La extraordinaria manifestación de la semana pasada —declara en la ciudad de las palmeras y de las bañistas semidesnudas— mostró cómo siente el pueblo argentino. Fue una de las más extraordinarias que be visto". Y añade en Nueva York: "Veo un motivo para abrigar optimismo respecto del pueblo argentino. Todos los que presenciaron la demostración que hizo por su libertad, no pueden menos que sentirse impresionados”.
En Washington, en cambio, se vuelve plañidero:
"He presenciado —expresa en el banquete del Día de la Armada— el sufrimiento de una gran nación que hace diez años, tal como nos pasó a nosotros, había dicho con plena convicción: "No puede suceder aquí", y sin embargo, hoy ha sucedido allí. He sentido el agobio de la depresión que se apodera de un pueblo del cual abusa cruelmente quien se considera su salvador, apoyado por una camarilla que imita el prototipo europeo".
Se refiere luego al "estado de sitio" que ha vuelto a implantarse en la Argentina y se esmera en definir para sus oyentes la sombría cadena de horrores que esa expresión encierra:
"En términos concretos —dice—- el "estado de sitio" permite que funcionarios fanfarrones castiguen a un ciudadano pacífico porque se niega a dar vivas al "jefe"; significa que los matones pueden golpear con sus puños calzados con manoplas a muchachas por gritar "¡viva la democracia!"; quiere decir que la policía montada, con los sables desenvainados, puede atropellar a hombres, mujeres y niños golpear y balear o arrestar a cualquiera a voluntad, sin temor a represalias. Esto y mucho más es lo que significa el "estado de sitio".
Finalmente, Braden da este consejo: "Tumbemos el árbol y arranquemos las raíces subterráneas". (Extraídos de telegramas-insertos en el diario "El Mundo" del 6146).
Otra Variante del "Jaque Perpetuo"
¿Qué es lo que quería dar a entender Braden cuando decía que había ciertos países en América del Sur que se sentían "inquietos" a causa de la situación imperante en la Argentina?
En su breve excursión por los países de la costa del Pacífico, Sir David Kelly ha comprobado precisamente lo contrario y así nos lo cuenta en el párrafo de sus Memorias que ya hemos citado. Sir David ha comprobado, por ejemplo, que los cancilleres de las naciones que visitó se sentían molestos, contrariados e incluso ofendidos por la indecorosa presión que sobre ellos se estaba ejerciendo a fin de que rompieran sus relaciones con la Argentina.
¿Cuál podía ser, pues, el país que, según Braden, se sentía "inquieto" por nuestra culpa? ¡Ah! Nos olvidábamos de uno: el Uruguay.
En efecto, y como una consecuencia, quizás, del estado de extrema tensión nerviosa a que teníamos sometidos y debían padecer nuestros cordiales hermanos de la otra orilla del Plata, el canciller de la República del Uruguay, Dr. Rodríguez Larreta, ha lanzado una iniciativa, que somete a "consulta" de todo el continente: la intervención colectiva, multilateral y panamericana, contra cualquier país de este hemisferio cuyo régimen de gobierno "viole los derechos del hombre". No explicó el Dr. Larreta, al echar a la circulación dicha iniciativa, qué es lo que debía entenderse por esa expresión, qué conceptos abarcaba y en qué punto preciso de la vida de relación individual o colectiva había de determinarse esa "violación" de los derechos del hombre.
Por ejemplo, debió aclararnos lo siguiente: ¿el negro es un ser humano? Si se admite que, a pesar de su color, el negro es un ser humano y, como tal, con todos los derechos inherentes a su condición de hombre, ¿habría que intervenir colectiva, multilateral y panamericanamente, en los asuntos internos del país que trata a los negros como si no perteneciesen a la comunidad humana y que, en nombre de la Ley de Lynch, los cuelga, con cualquier pretexto, del primer árbol que encuentra a mano?
No aclara ese punto realmente oscuro la propuesta del canciller uruguayo, pero semejante omisión no preocupa lógicamente a nadie. En cambio, ¡con qué gusto se restrega las manos al recibirla Spruille Braden! ¡Qué maravillosa idea! Con el mayor entusiasmo apoya la "iniciativa" del Dr. Rodríguez Larreta, a la cual eleva por su cuenta a la categoría de "doctrina", según lo informa un despacho de "La Prensa", al transcribir este comentario de Braden:
"Ninguna acción armada se concreta en ella. Por cierto que si- en la organización de las Naciones Unidas los países tienen derecho a considerar las cosas como en la mencionada doctrina Larreta, tenemos derecho a hacer lo mismo en este hemisferio'*.
En pocas palabras, se trata de aplicar en el seno de la familia americana, la vieja martingala tantas veces puesta en práctica en la sociedad de las naciones: hacer que entre todos saquen del fuego las castañas que uno solo se quiere comer.
A este respecto, y con el visible objeto de jerarquizar ante la opinión pública de todo el continente la propuesta del canciller uruguayo, advirtiendo, de paso, a todas las cancillerías de esta parte del mundo la importancia que en Washington se le concedía a la misma, la "National Broadcasting Company" organizó el 15 de enero de 1946, y para ser difundida en América Latina una audición radial de caracteres excepcionales sobre política panamericana, con el concurso de destacados parlamentarios norteamericanos y, entre ellos, el secretario adjunto Mr. Braden, Como era de esperarse, la versión completa de esa charla radiotelefónica fue minuciosamente telegrafiada e íntegramente transcripta, a toda página, en nuestros diligentes grandes diarios coloniales.
Al ser entrevistado Braden en dicha ocasión por el Director de los programas latinoamericanos de la mencionada broadcasting, se produjo el siguiente diálogo, en el que se transparenta la intención que anima a todos:
Fisher: "¿Qué pasa con la propuesta uruguaya?"
Briggs: "Lo que sostiene el ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay es que la notoria y repetida violación de los derechos humanos por parte de un país pone en peligro Ia paz no es materia de preocupación para los demás países. El ministro de Relaciones Exteriores subrayó que el estrecho paralelismo entre democracia y paz evidencia también la necesidad de armonizar la doctrina de no-intervención unilateral con la de adoptar una actitud frente a un régimen que viola los derechos del hombre'*.
Fisher: "¿Pero qué hay de nuevo acerca del plan uruguayo?"
Briggs: "Esa propuesta establece claramente el paralelismo entre democracia y paz y la estrecha relación entre ambas constituye la base legítima de la acción interamericana. En segundo lugar, el Uruguay considera que la "no-intervención" no debe servir de escudo para la comisión de delitos, para dar asilo a las fuerzas del Eje y desentenderse de compromisos. El Dr. Rodríguez Larreta formuló esa propuesta y sugirió que fuese materia de consultas con vistas a su adopción".
Braden: "Cuando el Secretario de Estado, Mr. Byrnes, prestó al mensaje del canciller uruguayo su más decidida aprobación, estableció con toda claridad que la "violación de los derechos elementales del hombre" por un gobierno de fuerza y el no cumplimiento de sus obligaciones por el mismo gobierno es problema de preocupación común para todas las repúblicas. Como tal se justifica una acción colectiva, multilateral, después de consultas formales entre las repúblicas, de acuerdo con los procedimientos establecidos".
Fischer: "¿Y la aprobación del Secretario Byrnes sigue en pie?"
Braden: "Efectivamente. Estamos convencidos de que la propuesta uruguaya es atinada y, además, en pleno acuerdo con el desarrollo del sistema panamericano".
Como se vé, ya no bastaba la agresión metódica, pero solitaria y aislada, del "coloso del Norte", a través de su Departamento de Estado. Ahora se trataba de hacer intervenir en la Argentina (y esta vez con carácter de "intervención armada", multilateral y colectiva, a todo el continente. ¿No lo autorizaba así la organización mundial de las Naciones Unidas? Y si la entidad madre lo podía hacer en el resto del mundo, ¿por qué no lo podríamos hacer también nosotros aquí, tal como lo sugería Braden, por intermedio de la "doctrina" Larreta?) ahora se trataba, decíamos, de hacer. intervenir en los asuntos internos de la República Argentina, machete en mano, a toda la familia panamericana. Y esto, a propuesta del Gobierno "hermano" de la Banda Oriental...
"La Aventura más Estúpida y Escandalosa"
Pero la "doctrina" Rodríguez Larreta (¡oligarca había de ser!) no llegó a cuajar, vaya a saberse por qué. Quizás porque el horno panamericano no estaba todavía listo para tales bollos. Acaso porque, a su vez, las cancillerías anticipadamente "consultadas" detrás del biombo evidenciaron que se sabían de memoria aquéllo, tan viejo, de que "cuando las barbas de tu vecino veas afeitar. . ." y se negaron a entrar por el aro complicándose en eso. Y posiblemente, también, ¿por qué no? porque en Norte América no estaban todos tan locos como Braden. Por lo tronío, ya lo hemos oído al senador Connally. A su vez, una muy conocida revista neoyorquina, "Times", había hecho, con respecto al nombramiento de Braden en el Departamento de Estado, esta curiosa reflexión, que ponía de relieve que si bien era cierto que a algunos divertía, a todos preocupaba la actuación de Braden, "Al confirmar al señor Spruille Braden como secretario adjunto para los asuntos latinoamericanos —decía "Times"— el Senado norteamericano ha soltado un toro en un comercio de porcelana". (Publicado por "La Prensa" del 21145, en el servicio noticioscj^rgido por la agencia Reuter).
Por su parte, el senacrby^.Wherry, de Nebraska, provocó un agrio debate en el Senado de la Unión a propósito de la política realizada en América Latina por el Departamento de Estado. Esto se produjo el 31 de julio de 1946. En ese debate se dijeron cosas muy duras y se vertieron calificaciones harto sugestivas con respecto a la política seguida por Acheson y Braden en la República Argentina. Pero el público argentino apenas si se enteró en mínima parte de lo que se había expresado en ese debate que tanto le concernía y que de seguro le habría agradado conocer. Para esa clase de información no había espacio en nuestros grandes diarios coloniales. En cambio, sobraba una página-sábana, a todo lo ancho, para una tan insidiosa como insulsa charla radiotelefónica entre Braden y sus cofrades, dialogando con sus acólitos acerca de la mejor manera de - organizar una intervención armada contra la Argentina, por mano de la familia latinoamericana y en nombre de la "doctrina" del canciller uruguayo. Para un debate producido en el senado norteamericano en el que se defendió la soberanía argentina y su derecho a manejar libremente sus propios asuntos internos, la conspiración del silencio, ni una línea. Pero ese silencio no pudo evitar que, de resultas de ese trascendental encuentro verbal, la posición de Braden comenzara a tambalearse, para caer poco después.
En la mencionada ocasión, el senador Mr. Kenneth Wherry, representante, como queda dicho, por el distrito de Nebraska, pidió lo siguiente: "una investigación completa en torno a la intervención de algunos funcionarios del Departamento de Estado en las repúblicas latinoamericanas, especialmente en la política interna de las mismas, así como toda acción de los citados funcionarios que haya tendido a destruir o militar en contra de la política del Buen Vecino en el hemisferio occidental".
A juicio del senador Wherry mientras Acheson y Braden permanecieran en el Departamento de Estado, "no había ninguna garantía para el principio de no-intervención aprobado por la 7^ Conferencia Panamericana, y firmado por el presidente Roosevelt el 26 de diciembre de 1933, que reza así: "Ningún Estado tiene derecho a intervenir en los asuntos internos o externos de otro". Al estampar su firma en tan solemne compromiso, el presidente Roosevelt declaró: "Me permito decir con toda tranquilidad que se ha sugerido el principio general de no-intervención con nuestro apoyo, y que ningún gobierno puede temer ninguna clase de intervención de parte de los Estados Unidos durante la administración Roosevelt".
Y enseguida, lo siguiente, que explica de por sí el silencio de nuestra entreguista prensa oligárquica:
"Es hora —declaró el senador Wherry-— es hora de que la política peligrosa de los señores Acheson y Braden termine. Hemos llegado a una intervención tan inexcusable, que estamos confrontados a una confusión completa de nuestras relaciones con los países latinoamericanos. La política bradenista de la intervención por el insulto, ha sido contra la nación más rica y poderosa de Sud América: la Argentina. No estoy defendiendo al gobierno argentino. No soy abogado de ese país. Cualquier excusa que haya habido para seguir una política determinada con la Argentina en la guerra no tiene validez ahora. El curso seguido por los señores Acheson y Braden en los pasados dos años, es positivamente la aventura más estúpida y escandalosa que se pueda encontrar en toda la historia de nuestra diplomacia". (Publicado en "Tribuna" de Buenos Aires, el 17/8/46).
"Perón no Será Presidente"
Naturalmente, Perón recoge el guante. Ejerciendo un elemental derecho de defensa, respondió una y mil veces a los ataques de Braden denunciando la grosera intromisión de un diplomático extranjero en los asuntos internos y en las cuestiones domésticas del país.
"Es posible —expresa en una ocasión— que mí pecado para actuar en la vida pública sea la constante franqueza de mis expresiones, que me lleva a decir siempre lo que siento. Esto me da derecho a que se me crea cuando proclamo mi simpatía y mi admiración hacia el gran pueblo estadounidense, y que pondré cada día mayor empeño en llegar con él a una completa inteligencia, lo mismo que con todas las Naciones Unidas, con las cuales la Argentina ha de colaborar lealmente, pero desde un plano de igualdad. De ahí mi oposición tenaz a intervenciones pretendidas por el señor Braden embajador y por el señor Braden secretario adjunto, de ejecutar en la Argentina sus habilidades para dirigir la política y la economía de naciones que no son las suyas.
"El señor Braden —añade— en su afán de asegurarse la constitución de un gobierno propio en la Argentina, pactó aquí con todo y con todos, concedió su amistad a conservadores, radicales y socialistas; a comunistas, demócratas progresista y pro nazis; y junto a todos ellos, extendió su mano a los detritus que la Revolución fue arrojando de su seno, en sus hondos procesos depuradores. El ex embajador sólo exigía, para brindar su poderosa amistad, una bien probada declaración de odio hacia mi humilde persona".
"Ahora yo pregunto —sigue diciendo Perón—• ¿para qué quiere el señor Braden contar en la Argentina con un gobierno adicto y obsecuente? ¿Es acaso porque pretende repetir en nuestro país la fracasada intentona de Cuba, en donde, como es público y notorio, quiso herir de muerte a la industria que llegó incluso a amenazar y coaccionar la prensa libre que le denunciaba? Si, por un designio fatal del destino, triunfaran las fuerzas regresivas de la oposición, organizadas, alentadas y dirigidas por Spruille Braden, será una realidad terrible para los trabajadores argentinos la situación de angustia, miseria y oprobio que el ex embajador intento imponer, sin éxito, al pueblo cubano. En consecuencia, sepan quienes, el 24 de Febrero (se refería Perón a los comicios del año 1946, que lo consagraron presidente de la Nación) voten por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista, que con ese acto entregan, sencillamente, su voto al señor Braden. La disyuntiva, en esta hora trascendental, es ésta: o Braden o Perón". (Del discurso en el acto de ¡proclamación de su candidatura, el 12/2/46).
Nadie que tuviera un corazón argentino .palpitando en medio del pecho podía dudar un instante. Y no dudó. El Pueblo entero se volcó a favor de Perón. La oligarquía, por su parte, votó por Braden.
"Empezaré por decir —declara Perón en otra ocasión, refiriéndose a un reportaje periodístico— que el tenor de las declaraciones publicadas en los diarios de los Estados Unidos de Norte América corresponde exactamente al de los conceptos vertidos por mí. He dicho entonces, y lo repito ahora, que el contubernio comunista-oligárquico no quiere las elecciones (lo que querían era provocar la guerra civil y con ello la intervención extranjera so pretexto de que no había garantías) ; he dicho también, y lo refirmo, que el contubernio trae al país armas de contrabando[4]; rechazo que en mis declaraciones exista imputación alguna de contrabando a la embajada de Estados Unidos; reitero, en cambio, con toda energía, que esa representación diplomática o más exactamente, el señor Braden, se hallan complicados en el contubernio, y más aún, denuncio al Pueblo de mi Patria que el señor Braden es el inspirador, creador, organizado* y jefe verdadero de la Unión Democrática”,
"Declaro —sigue afirmando Perón— que la intromisión del señor Braden en nuestros asuntos, hasta el extremo de crear, alentar y dirigir un conglomerado político adicto, no puede contar con el apoyo del Pueblo y del gobierno de los Estados Unidos. El presidente Truman ha expresado recientemente que todos los pueblos capaces tienen el derecho de elegir sus propios gobiernos. El Senado de los Estados Unidos, al aprobar el nombramiento del señor Braden para su cargo actual, estableció expresamente que no podría intervenir en las cuestiones internas de los países latinoamericanos sin previa consulta. El mismo gobierno aludido reiteró hace poco la prohibición de intervenir en la política de otros países a los hombres de negocios norteamericanos. El mismo señor Braden alterna sus amenazas de intervención económica y militar con protestas de no-íntervencionismo. En nombre del señor Braden, cuando actuaba como embajador en nuestro país, alguien suficientemente autorizado expresó que yo jamás sería Presidente de los argentinos y que aquí, en nuestra Patria, no podría existir ningún gobierno que se opusiese a las ideas de los Estados Unidos" [5]. (Del discurso del 12/2/46).
CAPITULO XVIII
EL VISITANTE DE LA NOCHE
Y AHORA, otra vez Mr. Kelly: "Mientras continuaban lloviendo leyes obreras y los inspectores empezaban a visitar las grandes estancias —amenazando a los grandes propietarios con la expropiación— el odio de las viejas clases gobernantes se hizo histérico y sin límites; y aún cuando ahora sólo tenía yo relaciones oficiales con el Gobierno, y ninguna con el coronel Perón, mi posición se tornó cada vez más delicada, debido al mero hecho de que mantenía los procedimientos diplomáticos comunes. Corrió el rumor de que la campaña de Braden había fracasado porque yo me había mantenido apartado de ella y todavía me negaba a seguir su ejemplo de atacar al Gobierno. Dejando aparte el hecho de que ello hubiera estado en completo desacuerdo con mis obligaciones como embajador británico, tenía yo la convicción de que Perón iba a ganar, convicción que prácticamente nadie compartía a excepción de Hinkson, el sagaz corresponsal del "Times" y el siempre bien informado Nuncio Papal, monseñor Fietta.
"El ilógico resentimiento de las antiguas clases gobernantes —sigue narrando sir Kelly— halló expresión en su reacción a lo que en tiempos normales hubiera sido la visita muy bien recibida del señor Hore Belisha. Desgraciadamente, aun cuando Hore Belisha no ocupaba cargo oficial alguno, y la verdad era que había salido de Inglaterra en jira privada sin pedir apoyo del Ministerio de Negocios Extranjeros, su visita al Brasil y al Uruguay en viaje a la Argentina fue comentada con tanto entusiasmo por la prensa, que el Gobierno, la oposición y la prensa de la Argentina imaginaron que su viaje tenía un alto significado político. En el estado de ánimo histérico de la oposición en ese momento, cualquier visitante de Inglaterra que hubiera recibido publicidad había de causar con toda seguridad equívocos e intranquilidad, por poca base que hubiera para ello.
"Aunque no recibí de Londres recomendación alguna —explica sir David— pensé que en la atmósfera que entonces reinaba sería peligroso que —como a su juicio sería solo natural— Hore Belisha visitara al coronel Perón y demás; por lo tanto, organicé una serie de agasajos y visitas que facilitaban oportunidades para ponerse en contacto con la oposición, v lo llevé asimismo a visitar al presidente, general Farrell (acción que fue violentamente criticada por la oposición). y obtuve de este último en préstamo un avión oficial para transportar a Hore Belisha, primero a Chanadmalal. la estancia de los Martínez de Hoz cerca de Mar del Plata, y luego a los lagos, de donde debía cruzar a Chile. Arreglé todo lo necesario para que en el transcurso de pocos días conociera a todas las personalidades dignas de conocer, con la única excepción del coronel Perón; a pesar de ello, pocas horas después de la partida de Hore Belisha, circulo por toda la ciudad el cuento —que según tengo entendido, jamás dejó de ser creído— de que él y yo habíamos tenido una entrevista de tres horas con el coronel Perón y los que tenían más imaginación agregaron detalles sobre la cantidad de armas, etc., que Hore Belisha había prometido enviar desde Inglaterra. Aparte de este cuento ridículo, los comentarios de Hore Belisha y sus respuestas a las preguntas que le fueron formuladas, aunque desde el punto de vista inglés eran justas y objetivas, y aun muy hábiles, crearon entre la oposición una rabia incontenible, ya que había llegado a un estado tal de excitación que consideraba que todo el que no estaba a su lado estaba necesariamente en contra de ella".
Evidentemente, no hay como ser ladrón para creer que todos son de su condición. Siempre los mentirosos crónicos terminan por ser víctimas de sus propias mentiras. Como la oligarquía —cuyo estado de histerismo rabioso, divierte tanto como asombra a Mr. Kelly— tramaba una conspiración en contubernio con un embajador extranjero, a fin de provocar a todo evento una intervención armada a nuestro país, le parecía lógico y de lo más natural que el hombre a quien tanto odiaban les imitara en el camino de esa infamia y conspirará a su vez en complicidad con el "enviado especial" de la alta banca de una nación extranjera que, no sólo no era la misma a cuya mesa servida se sentaban diariamente, sino que en cierto modo era rival de aquélla. O si no, temían que ese viajero cuya verdadera misión nadie conocía con exactitud, que ese misterioso visitante de la noche pudiera comprometerse, en nombre de su imperial país, a proporcionarnos los barcos de guerra, los aeroplanos fusiles y cañones que necesitábamos. ;Y para qué? ;Pues para qué otra cosa podría ser que para ganarse antemano y sellar la amistad de quienes, en cumplimiento del espeluznante plan secreto de Perón (que era secreto, sí, pero que ellos conocían muy bien) planeaban invadir a sangre y fuego a todo el continente, avasallar a las "democracias libres" y crear aquí un terrorífico imperio nazi fascista "made in Buenos Aires"? ¿No era como para dar diente con diente? Se comprende que la oligarquía vigilara con ojo insomne los pasos de Hore Belisha y que pusiera el grito en el cielo cada vez que éste entraba en contacto con las esferas oficiales de la Revolución. Sobre todo, con Perón.
Por eso, al circular la versión —por ellos mismos inventada, afirma Kelly—• de que Perón y Belisha se habían entrevistado, hizo sonar de inmediato todos los timbres de la alarma internacional. Naturalmente, no pasaron muchas horas sin que el cable devolviera desde Nueva York el eco de esa alarma. Vamos a citar uno solo de esos comentarios, no porque sea más significativo que cualquier otro, sino porque en él se hallan apareados y como equivalentes, dos términos que todo el mundo creía que eran contrapuestos: fascismo y Gran Bretaña.
Se trata de la revista neoyorquina "Las Amérícas" y el cable que transmitió su comentario fue inserto en "La Nación" de Buenos Aires en su edición del 8/1/46, Dicha revista, luego de señalar que "las enérgicas denuncias del ex embajador y actual secretario ayudante Braden contra el fascismo argentino ha sido de gran ayuda a los demócratas argentinos, pero se necesitan algo más que palabras", formula la siguiente acusación: "El coronel Perón ha estado en connivencia con los británicos por intermedio de Mr. Leslie Hore Belisha, actualmente en misión comercial especial en la América Latina".
¿En qué quedamos? ¿Inglaterra en "connivencias" con el "fascismo argentino"? Cierto es que Hore Belisha, por el simple hecho de venir de visita al país, había saltado escandalosamente el cerco y violado el cordón sanitario con que la oligarquía y Braden pretendían aislarnos, pero este episodio, que por su misma naturaleza no merecía pasar del chisme de entrecasa y del aspaviento entre señoras a la hora del té —"¡qué barbaridad, no? ¡Estos ingleses, siempre tan individualistas! ¿Y la Democracia"?— llegó a trascender hasta repercutir, como se ha dicho, en las lejanas centrales de la plutocracia. Así estaban de preocupados.
Perón no se había entrevistado con Belisha. Esto lo deja bien sentado Mr. Kelly ¿Pero, y si lo hubiera hecho, qué? La presión que ejercía, y el monopolio a que aspiraba ejercer entre nosotros la plutocracia yanqui, con pleno apoyo de la oligarquía criolla, y que llegaba como estamos viendo hasta el punto de tenerlo neutralizado y vigilado por los cuatro costados al propio embajador británico, ¿se había ensoberbecido de tal modo y estaba dispuesta a llevar tan lejos su osadía como para protestar airadamente por lo que hacía o dejaba de hacer en nuestra casa un personaje no oficial que efectuaba una jira particular por estos países? Si a los argentinos, de cualquier color o tendencia política, no les quedaba la libertad elemental, de charlar y visitarse con quien le diera la real gana dentro de su propio territorio nacional, sin pedir antes el permiso y la venia a la potencia del dólar, ¿qué clase de libertad era la suya? ¡Y lo grotesco del caso era que quienes ejercían o pretendían imponer semejante censura eran los mismos que se proclamaban campeones de la libertad y de la democracia!
La oposición criticó "violentamente", según apunta Mr. Kelly, el hecho tan simple y habitual como en cierto modo obligatorio de la visita de cortesía que Hore Belishá hizo al entonces presidente de la Nación, general Farrell. ¿Ni siquiera eso podía hacer? Para esa fecha, el coronel Perón había sido consagrado ya candidato a la presidencia de la República. Era visiblemente hombre de gran arrastre popular y a este respecto el embajador de Gran Bretaña no ocultaba a nadie su impresión de que ganaría la elección. ¿Por qué no podía conversar con él, por qué no debía conocerlo, auscultar sus opiniones y orientación futuras, un personaje representativo de la alta banca y de la industria británica? ¿Por qué el solo enunciado de la posibilidad dé ese contacto, lógico a todas luces, hinchaba el lomo de la plutocracia yanqui y de la oligarquía local, encrespadas de temor, de desconfianza, de irritación?
La punta del ovillo en cuya endiablada trama se quiso enredar a Perón se deja ver aquí más clara y transparente que en ninguna otra etapa de esta dilatada tragicomedia política. Aquí se advierte con toda claridad que lo del "fascismo" del coronel Perón y del movimiento que encabezaba, así como el tan mentado "peligro" que implícitamente uno y otro representaban para la segundad continental, no eran otra cosa que un vulgar cuento chino.
Eso era el pretexto, la cortina de humo.
El "Destino Ineludible"
Lo que se estaba tramando, detrás de esa cortina de humo, era absorbernos comercialmente, colonizarnos económicamente, transfiriendo a los Estados Unidos, de paso, íntegramente y en bloque, todo el volumen del intercambio financiero, toda la actividad industrial y comercial británicas y su casi secular influencia bursátil en estas tierras. Y si la oligarquía criolla —tan adicta hasta entonces al "primer cliente" y "socio principal"— le hacía ahora abiertamente el juego a ese plan, obedecía a la sencilla razón de que el postulante a nuevo patrón era infinitamente más rico y poderoso que el antiguo amo y, en materia de negocios, ofrecía perspectivas que en ninguna circunstancia hubiera podido equiparar el viejo y ya casi desdentado John Bull, acorralado en su reducto de las islas brumosas, en pleno crepúsculo imperial y lleno de dificultades insalvables, creadas por la guerra.
Eso era todo, y el resto literatura. El coro de batracios que tan lúgubremente croaba en la charca pútrida de nuestra oligarquía, clamando en todos los tonos por el cumplimiento de los "sagrados compromisos", exigía el aporte argentino a la lucha por "la libertad y la democracia"; Inglaterra nos pedía, ya más tímidamente, alimentos, sobre todo carne, y dividendos ferroviarios; Norte América solicitaba la concesión de bases militares, pedía la colaboración de nuestra escuadra de guerra en el patrullaje del Atlántico Sur y reclamaba una cuota de carne de cañón para enviarla al matadero europeo, tal como lo había hecho el Brasil. Pero todo eso, en el fondo, era meramente secundario, puro ruido, pretexto, maniobra, como los gritos del tero. Lograr que la Argentina entrara en la guerra o, en última instancia, en la coordinación panamericana, significaba para ellos, desde luego, un procedimiento seguro para maniatarnos mejor, una fórmula infalible para obtener luego lo otro, que era el objetivo permanente, lo esencial, y que no tenía nada que ver ni con los "principios", ni con la "democracia", ni con la "seguridad" y la "solidaridad" continentales. Por eso Inglaterra, que no iba nada en la parada, se mostraba tan remisa en la demanda del objetivo común, y marchaba tan a retaguardia de la línea de batalla en la "guerra fría" con que nos tuvieron en jaque.
No nos engañemos. Tampoco Gran Bretaña hacía cuestión de "principios". Ya nos ha confesado Mr. Kelly que, de entrada nomás, él se dio cuenta de que Perón era quien iba a ganar la batalla aquí, en la Argentina. Ponerse de su lado y no comprometer inútilmente á su país en la burda campaña bradenista fue, por lo tanto, cuestión de elemental estrategia para cualquier embajador que tuviera el sentido de su deber. Por otra parte, si Mr. Churchill, desde lejos, decía que sí a todo cuanto le pedían Roosevelt y Truman, y por detrás le hacía señas a Kelly azuzándolo para que siguiera con Perón y el peronismo, lo hacía a su vez porque el viejo y astuto "premier" había visto con su ojo de lince, desde el primer momento, y comprendido con toda claridad, qué era lo que Norte América se estaba jugando en la patriada. De sobra sabía Churchill que si los Estados Unidos conseguían empujar a la Argentina hasta hacerla entrar en la guerra, ésta caería inevitable y definitivamente en la órbita del dólar (como le ocurrió al Brasil) y Gran Bretaña perdería así "su mejor colonia", ("la más rica y próspera fuera del Commonwealth"), como se dijera en el parlamento británico en alguna memorable ocasión.
Esta circunstancia, por otra parte, no había escapado a la perspicacia de Mr. Kelly quien, en los primeros capítulos de estas sus Memorias, ya nos había hecho notar que los yanquis, aunque aparecieron muchos años más tarde que los ingleses en el escenario comer-cial-financiero de América Latina, habían avanzado considerablemente a su costa, merced al útil aprovechamiento de la coyuntura que les ofrecieran las dos guerras mundiales. A partir del año 1919, los norteamericanos habían adquirido varios servicios públicos que originariamente habían sido establecidos por los ingleses, "y ahora —dice Kelly— estaban convencidos de que era su destino ineludible apoderarse del mercado argentino, cosa que ya habían hecho con los Estados centroamericanos y en el Brasil y que estaban consiguiendo rápidamente en todas las repúblicas sudamericanas".
¡Ojo con esto! La expresión "destino ineludible" que, según nos confía sir David, empleaban los yanquis para dibujar sus actuales ambiciones comerciales en el continente latinoamericano y advertirnos de lo que nos espera, tiene un parecido harto sospechoso con otra célebre expresión del mismo cuño: la del "destino manifiesto", implícita, si no en el articulado, en el espíritu de la Doctrina ~Monroe, en cuyo nombre los Estados Unidos se calzaron hace más de un siglo las botas de siete leguas de la expansión continental y no pararon hasta ser lo que ahora son.
Cierto es que la expresión "destino manifiesto" no aparece como tal sino cuando llega a su punto culminante el movimiento expansionista de 1845, pero también es cierto que, muchos años antes, John Quincy Adams, el verdadero arquitecto de la Doctrina Monroe, había advertido que ésta no era un acto de constricción, ni un postulado de abnegación, y que "el mundo debería familiarizarse con la idea de considerar el continente norteamericano como nuestro dominio natural". (Ver Julius W. Prat: "John L. O'Sullivan and Manifest Destiny", New York History, XIV, 213-234).
Conste que no está en nuestro ánimo criticar a los norteamericanos en este aspecto de su historia y de su patriotismo. Ellos inventaron la Doctrina Monroe para frenar a los imperios vigentes en esa época en Europa y Asia, y advertirles, mientras se expandían a sus anchas, que debían abstenerse de todo plan de conquistas o adquisiciones territoriales en este Hemisferio, particularmente en las regiones contiguas al antiguo Imperio español en Norte América y la codiciada isla de Cuba. Así pudieron quedarse tranquilamente con todo lo que lograron abarcar. El error nuestro, el terrible error colectivo en que incurrieron las naciones que integran la América Latina es, no sólo el de haberse desmembrado y poco menos atomizado, sino el de no haber comprendido ni remediado a tiempo la imperiosa necesidad de crear para su propio uso interno una "doctrina" semejante que, así como la de Monroe sirvió tan admirablemente a Norte América para engrandecerse y preservarse de toda competencia imperial procedente de ultramar, nos hubiera servido a nosotros para protegernos -de la excesiva atracción centrífuga que caracteriza al poderoso país del Norte.
Lo penoso de todo esto es que, lejos de hacerlo así, le hemos dejado y seguimos dejándole la iniciativa en materia de "panamericanización" de los dos continentes.
Pero esta es otra historia.
CAPITULO XIX
LA TRAICIÓN EN TRAJE DE PAPEL
VIENE ahora el capítulo más escabroso de las Memorias de sir Kelly. El que se refiere a la oligárquica familia que editaba "La Prensa", el diario que durante tantos y tan nefastos años determinó la lluvia y el buen tiempo para todos los gobiernos de nuestro país.
"Me he referido ya a nuestras relaciones con la prensa argentina —dice Mr. Kelly—. Pocos años después de salir de la Argentina leí en un libro llamado "Ganando amigos para Gran Bretaña", publicado en 1948 por mi antiguo agregado de prensa, S. R. Robertson, una declaración de que cuando Robertson, de acuerdo con mis instrucciones, llevó a un visitante importante a verlo a Gainza Paz, propietario y director del diario argentino más importante, "La Prensa" (ahora clausurado * por el general Perón) el visitante contestó a las amistosas referencias que hizo Gainza Paz sobre mí con el siguiente comentario: "Cualquier imbécil puede ser embajador, ya que sólo tiene que obedecer instrucciones”.
"Aunque esto fue indudablemente dicho en broma» es un comentario significativo que la familia Paz, propietaria de "La Prensa", no solamente estaba exclusivamente asociada —a mi llegada a Buenos Aires, en 1942— "con agencias noticiosas no británicas", sino que estaba asimismo en términos poco amistosos con nuestra embajada; pero muy poco tiempo después se contaba entre nuestros mejores amigos personales. En el aspecto comercial, Reuter obtuvo un contrato con "La Prensa" por haber seguido mis consejos de ofrecer gratuitamente sus servicios en un momento en que el servicio norteamericano de "La Prensa" había sido suspendido por el general Perón.
"La Prensa" llegó a estar dispuesta en todo momento a hacer lugar y dar amplia publicidad a cualquier noticia que yo pidiera personalmente se publicara; en varías oportunidades, las opiniones que yo había expresado en discursos sirvieron de tema para los editoriales y por lo menos en una ocasión, uno de los artículos de fondo se basó en una conferencia' dada por mi esposa. La idea de que ese tipo de resultados puede obtenerse "siguiendo instrucciones" sería infantil, si se la mantiene constantemente como idea. He contado la anécdota como ilustración de lo que puede hacer un embajador sin instrucciones de su Gobierno, y en honor a la verdad, sin que éste esté enterado de nada".
Observe el lector la curiosa reacción mental de Mr. Kelly relativa a la anécdota que él mismo acaba de contar. Al enterarse de que un visitante de jerarquía, y compatriota suyo, lo ha calificado indirectamente de "imbécil" al señalar que para "limitarse" a recibir y cumplir instrucciones de su gobierno cualquier tarado mental podía desempeñarse perfectamente como embajador, Mr. Kelly sospecha, y con razón, que el diálogo entre Gainza Paz y dicho personaje se ha orientado por ahí debido a que el señor director de "La Prensa" se ha lamentado de esa circunstancia —y de su reflejo en la política local— no obstante sus protestas de simpatía hacia la persona del embajador. Por eso, en lugar de reaccionar ¡contra quien tan gratuitamente le endilga semejante adjetivo, a quien realmente ataca y perjudica Mr. Kelly (en el sentido que dan los mejicanos al término "perjudicar") es a Gainza Paz, al poner en evidencia lo que todos ya sabíamos aquí, pero que nadie hasta ahora había podido corroborar con tan pleno conocimiento de causa como quien fue testigo y al mismo tiempo embajador de Gran Bretaña en ese entonces, esto es, que "La Prensa" no sólo respondía preferentemente a los intereses yanquis, (así como "La Nación" respondía a los intereses británicos en una tácita y "caballeresca" división de condominio al revés) sino que en este caso particular "La Prensa" estaba exclusivamente asociada a las agencias noticiosas yanquis, cuya inveterada insolencia y actitud hostil hacía nuestro país compartía, por consiguiente, en plena y doble responsabilidad[6].
"En 1942 — anota Mr. Kelly— "La Prensa" no solamente estaba exclusivamente asociada con agencias noticiosas no británicas, sino que estaba asimismo en términos poco amistosos con nuestra embajada". Así era en verdad. Por aquella época, los dos "colosos" de la prensa matutina nacional jugaban todavía, picaruela-mente, a Móntescos y Capuletos en el ambiente periodístico argentino. Con esas inocencias "La Prensa" y "La Nación" distraían a la opinión y ocultaban mejor su verdadero juego, el que hacían en serio, el "gentlemen's agreement", la división de condominio al revés, a que se acaba de aludir.
Así estaban las cosas cuando llega al país sir David Kelly, en el año 1942. Pero estalla la Revolución del 4 de Junio, se suceden las etapas contradictorias que ya hemos descrito y, al descorrerse finalmente el velo inicial y conocerse la vocación de ese movimiento, Móntescos y Capuletos descubren juntos y con idéntica alarma el rostro inconfundible del "peligro común". En tal emergencia, los dos desavenidos colosos de la prensa oligárquica argentina deponen las viejas rencillas y celos de entrecasa, hacen un frente común, identifican con los mismos términos al "enemigo", sincronizan las andanadas periodísticas que le lanzan desde todos los ángulos, se prestan graciosamente los servicios de. sus respectivas agencias noticiosas y se declaran cada uno amigo de los amigos del otro.
¡Panorama cordial, y en cierto modo conmovedor, cuyo paisaje completa el rostro redondo y rubicundo de Mr. Braden, quien se encarga de entrelazar con un moñito dorado, constelado de estrellas, a las dos manos así fraternalmente unidas!
"Ni el Sepulcro Podrá Redimirlos"
Incluso se pusieron de acuerdo, pese a los intereses contrapuestos que defendían, en apoyar la tentativa de transferir el volumen comercial y financiero del "primer cliente" inglés al competidor norteamericano, porque así lo tenía resuelto la oligarquía de la que eran intérpretes y a la que encarnaban en traje de papel. Y cuando Braden apuró las cosas, llegando hasta a amenazar con la intervención armada y se pudieron ver sobre la superficie del Plata las humeantes chimeneas de los enemigos barcos de guerra y oír a sus aviones atronando el cielo del estuario, esos dos grandes diarios de la oligarquía, "orgullo del periodismo americano", acallaron las voces que de seguro les subían en forma de rubor desde el fondo de sus conciencias y se pasaron con armas y bagajes al enemigo.
Lejos de hacer oír su voz de protesta por el cariz que estaban tomando las cosas, que ya afectaban directamente a la soberanía nacional; lejos de puntualizar, como podían y debían haberlo hecho, los verdaderos términos del problema, ubicando honestamente la situación argentina a fin de contribuir a su esclarecimiento y evitar así que prosperase la maniobra confusionista que se estaba realizando a nuestra costa con el visible propósito de pescar en río revuelto, ambas "tribunas de doctrina" se hicieron eco de cuantas insidias y calumnias se echaron a rodar continentalmente por quienes tenían sumo interés en sembrar la alarma contra nuestro país; y, en lugar de condenarlos, señalándolos a la vindicta pública como correspondía por traidores que eran, aplaudieron con ambas manos a quienes apoyaban todo eso y se sumaban a la insolente prepotencia extranjera, tal como lo habían hecho sus antepasados de casta un siglo atrás al aliarse y alentar, desde Montevideo, el interminable bloqueo a que sometieron al puerto de Buenos Aires (al margen de la Doctrina Monroe, que dormía en esos instantes) las combinadas escuadras imperiales de Francia y de Inglaterra, las dos naciones más poderosas de la tierra, por aquellos días.
En ésto obró la ley de la sangre. Una tal actitud hizo proferir a San Martín la ilevantable sentencia que seguramente repetiría hoy frente a la reedición de aquella hazaña, a cargo de sus herederos directos: "De una tal felonía, ni el sepulcro podrá redimirlos”.
Y ya que hemos mencionado a Braden oigamos lo que Gainza Paz le dijo al ex embajador cuando ya éste también había dejado de ser secretario ayudante del Departamento de Estado, a raíz de que el gobierno de los Estados Unidos decidió abandonar el peligroso, y sobre todo contraproducente rumbo de la política iniciada por aquél en el continente latinoamericano. El episodio aparece narrado en la revista "Loock", de Nueva York, y su comentario fue trascripto en la edición del 20/9/51 en nuestro vespertino "Noticias Gráficas". El artículo de "Loock", que firma Braden, se titula "Dejemos de comprar dictadores" y en uno de sus párrafos, después de comentar que el tiempo que él pasó en la Argentina, coincidió con el período de la aterradora ascensión al poder de Perón, que culminó con su elección libre del mes de febrero siguiente", y de subrayar que pudo ver con sus propios ojos "los comienzos de la terrible dictadura totalitaria", cita este fragmento de conversación con Gainza Paz, de cuyos labios recibe la corroboración de que él, Spruille Braden, no estaba equivocado cuando sostenía y ponía violentamente en acción su tesis de que "era indispensable ejercer una política enérgica contra la Argentina de Perón".
Oigamos a Braden:
"No puede haber mejor prueba de ello —dice— que lo que el Dr. Alberto Gainza Paz, director de "La Prensa", hoy clausurada, me dijo hace un par de años: "La Argentina, como usted sabe, no ha sentido nunca mucha amistad por los EE.UU. Nosotros tenemos un fuerte orgullo nacional y hemos tenido diferencias económicas. Hace mucho que los argentinos se han sentido ofendidos por el insulto implícito a su país al prohibir la importación de carnes argentinas porque estaban en malas condiciones. Cuando Ud. llegó a la Argentina como embajador y empezó a hablarnos amigablemente y con franqueza, muchos argentinos correctos y liberales cambiaron su modo de pensar y olvidaron su resentimiento hacia los EE.UU. Los respetábamos. Pero permítame decirle lo que ha sucedido desde que Washington abandonó la política iniciada por usted: EE. UU. ha perdido todos sus amigos en la Argentina".
He aquí una típica mentalidad oligárquica, en todas sus facetas. En primer lugar, la preocupación vacuna. Ante todo, las vacas, su precio, su colocación en el exterior. Después el país y su pueblo. El "resentimiento" de los argentinos hacia los norteamericanos a que alude Gainza Paz y que se debía, según el, a que se negaban a comprarnos carne con el pretexto de la aftosa, sólo podía existir, como causa, en el ánimo y en la mente de la oligarquía ganadera en general y del señor Gainza Paz en particular. En esto a los Paz les llevaban ventaja los de "La Nación”, tradicionales amigos y servidores del "socio principal" y "cliente único" de nuestras carnes, Gran Bretaña. Pero al pueblo argentino todo éso le importaba un comino. El pueblo argentino se enteraba siempre con una sonrisa irónica y comentaba a menudo sarcásticamente los plañideros editoriales de "La Prensa", vinculados al asunto de la aftosa.
En vista de tan reiterada dificultad, nuestra gente se preguntaba por qué no se ponía a su alcance esa carne que tanto trabajo costaba vender a Norte América. Porque la triste realidad del caso era que no se trataba de vender el excedente de nuestra producción ganadera, una vez cubiertas las necesidades del país, sino de vender al extranjero (porque pagaba mejor) la carne de buena calidad, dejando para el consumo del país la carne que, por ser de inferior calidad, tenía menos probabilidades de ser colocada en los mercados de ultramar.
La verdad era que en el "país de la carne", el pueblo, en particular el pueblo que,-Habitaba en el interior, comía carne flaca y mala, procedente, en general de animales viejos. La carne fina, la flor de nuestra producción, el "chilled" de los "Shorthorn's" esa carne no la veía el pueblo ni con telescopio. Los famosos "bifes", que tanta fama le han dado al país como presunto paraíso de la superabundancia alimenticia, apenas si se expendían en los restaurantes de lujo de Buenos Aires.
En tierra adentro, más allá de cien o doscientos kilómetros de distancia Je ia capital federal, esos monumentales y simbólicos "bifes" eran completamente desconocidos.
La misma población de Buenos Aires recién tuvo a su alcance la gorda carne de los "Shorthorn's" y pudo comprobar su exquisito sabor a raíz de las dificultades surgidas en el intercambio comercial con Gran Bretaña debido a circunstancias de todos conocidas. Anteriormente, toda esa producción se exportaba para los ingleses. De ahí que el pueblo nuestro se preguntara, con amarga y recelosa ironía, qué es lo que iría a pasar el día que los yanquis decidieran borrar el imaginario obstáculo de la aftosa y comprar la carne argentina. Con el formidable poder adquisitivo del dólar, no nos iban a dejar ni los huesos, y entonces sí que tendríamos que dedicarnos a comer "vizcachas'*, como aconsejara alguna vez, muy seriamente, "La Nación", de Buenos Aires.
"¿Y así Habla un Argentino?"
Esto, en cuanto a la carne y al pretendido "resentimiento" argentino contra los yanquis, originado por su causa, según Gainza Paz. Veamos ahora la otra faceta, no menos deplorable, de la mentalidad típicamente colonial de este arquetipo de la oligarquía criolla: la que se refiere a la pérdida total" de los amigos que aquí tenían los EE.UU. y la razón a que atribuye esa pérdida.
Cuenta Braden que Gainza le dijo que, cuando él, Braden, llegó aquí como embajador y empezó a hablar "amigablemente y con franqueza", muchos argentinos "correctos y liberales" cambiaron su modo de pensar y olvidaron su resentimiento hacia los EE.UU. ¿Cómo así? Quiere decir que se olvidaron de las vacas y se acordaron de la Democracia. En efecto: estos empedernidos oligarcas, estos apéndices locales de la plutocracia internacional, que siempre estuvieron de espaldas al pueblo, que ignoraron en todo momento su orfandad y cerraron los ojos ante su miseria; éstos que habían escarnecido a Yrigoyen hasta derrocarlo, sólo porque quiso rescatar el petróleo y salvaguardar la soberanía del subsuelo nacional, y también porque intentó, aunque sin éxito, reivindicar a las clases más humildes del proletariado argentino; estos mismos que luego formaron un solo iy mancomunado frente con la intromisión extranjera y cerraron en filas compactas contra ese Perón que enarbolaba la triple bandera de la redención nacional: "una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana"; esos mismos eternos señorones de la mesa servida, eran los que habían encontrado tan "amigable" el tono de "franqueza" con que nos hablaba Braden que, en su honor, olvidaron el resentimiento que de antiguo abrigaron contra los EE. UU. porque se negaba a comprarles las vacas. Se sacaron el sombrero. "Los respetábamos", le confiesa Gainza Paz a Braden. Y era cierto. A estos viejos patrones de estancia, a estos antiguos capataces de esclavos, siempre les ha impresionado el ruido del látigo cuando otro lo hace resonar más fuerte que ellos.
Hemos visto en los capítulos precedentes en qué consistía esa forma "amigable" y "franca" que, según Gainza Paz, utilizó Braden para hablar al pueblo argentino desde la embajada en Buenos Aires, primero, y desde el Departamento de Estado de Washington, después. Sólo un "colonial 100 x 100" podía aceptar ese tono y confesar que no solamente le inspiraba simpatía sino que además le inspiraba "respeto". Pero lo grande es cuando Gainza Paz le declara a Braden: "desde que Washington abandonó la política iniciada por usted, los Estados Unidos han perdido todos sus amigos en la Argentina" (¡)
De manera que cuando el gobierno de la Unión, alarmado por las consecuencias derivadas de la insolente política intervencionista del señor Braden y convencido de su rotundo fracaso, decide relevarlo de su cargo y cambiar el rumbo de esa política, devolviendo a sus relaciones diplomáticas con la Argentina el tono de decencia y de igualdad a que tenía derecho y que exigía como nación libre y soberana, el señor Gainza Paz se enoja, se siente íntimamente defraudado y ofendido y le informa a Braden que "por éso" los EE. UU. se han quedado "sin un sólo amigo en la Argentina".
¿Y éste era el lenguaje de un argentino? Por muy grande que haya sido el resentimiento provocado en Gainza Paz por la desilusión sufrida al comprobar que Braden y su acólitos habían perdido la partida; que entre todos no habían podido contra Perón; que la guerra civil no había estallado, a pesar de las promesas y de los esfuerzos de Braden, y que la escuadra norteamericana que vino al Plata al mando del almirante Cunningham y ancló en la rada de Montevideo, con sus fuegos encendidos y sus cañones apuntando a Buenos Aires, no tuvo otro remedio que alejarse un día y virar hacia el Atlántico norte, dejando a los de la U.D. con las ganas de una masacre en la chusma de "descamisados" que seguía a Perón, por muchas razones o sinrazones que se acumulen en su descargo, no hay rencor, ni decepción, ni nublamiento del intelecto producido por el odio, aunque sea "histérico'*, como dice Mr. Kelly, que justifique semejante distorsionamiento y falsificación de los hechos ocurridos.
Lo grave del caso es que este hombre, este Gainza Paz, era nada menos que uno de los jerarcas más representativos, el gran bonete de la "claque" oligárquica que aquí preparaba, con formidable estruendo, el camino para la intervención extranjera en los asuntos internos de la política argentina, dirigiendo y organizando el clima de inseguridad, la psicosis de la alarma perpetua que a la postre justificara aquella intromisión, clamando a voz en cuello por la "dignidad democrática", que estimaban perdida, y por el "libre ejercicio de la ciudadanía", que siempre habían enmascarado en su provecho y que ahora consideraban alterado, sólo porque el movimiento peronista les estaba retaceando sus privilegios y estaba intentando- devolverle al pueblo los derechos que ellos mismos le habían conculcado.
La Cuota de Sangre
Lo grave del asunto era que este mismo Gainza Paz fue el director-propietario de ese diario "La Prensa", por cuya momentánea desaparición se pusieron luto sus colegas del continente subalternizado, el mismo diario que en sus tiempos de gloria derribaba todo el ministerio con un solo editorial y que ahora, convertido en campeón de todas las causas anti-argentínas, recordaba, en su edición del 15 de febrero de 1946, es decir, pocos días antes de la elección que consagró a Perón como Presidente de la Nación, y cuando ya la guerra mundial había terminado y todos trataban de olvidarse de ella, todavía recordaba editorialmente que no habíamos cumplido los "sagrados" compromisos, llorando la ocasión perdida de haber derramado la sangre de la juventud argentina:
"El pueblo argentino —se lamentaba "La Prensa"— ha .vivido amargado durante estos cuatro años largos transcurridos desde que la guerra llegó al continente americano, porque la Nación, oficialmente, no estaba donde debía estar y no lo estuvo tampoco después de la ruptura de relaciones con el "eje" ni después de declararle la guerra".
¡Ni una sola .gota de sangre argentina habíamos puesto en la balanza de los "principios". ¡Qué dolor, y qué vergüenza! ¿verdad? Pero lo cierto era que el Pueblo argentino no sentía ningún remordimiento, y que los únicos que estaban amargados eran ellos, los oligarcas, porque se les habían escapado las dos puntas del gran negocio que para la oligarquía criolla y la plutocracia internacional hubiera significado hacer entrar a la Argentina en la guerra.
El pueblo argentino, por el contrario, se sentía tranquilo, satisfecho y feliz de haber eludido una guerra cuyos motivos se renuevan sin cesar y que ahora, por lo que se vé, habrá que empezar de nuevo. Porque ayer, si se recuerda, había que ir a morir en los campos de Europa para salvar a Polonia, y a Hungría, Austria, Checoeslovaquia y la Rusia de Stalin y de los Soviets, de las garras homicidas de Italia, Alemania y el Japón, y mañana, por no decir hoy, nos van a pedir que partamos a morir en esos mismos campos, pero ahora para salvar a Italia, el Japón y Alemania occidental, de las garras también homicidas de la Rusia Soviética de Malenkov, coaligada con Polonia y Austria y Hungría y Checoeslovaquia (a las que se ha sumado, a último momento la China de Mao Tse Tung). Y siempre, naturalmente, a la zaga de Gran Bretaña y de los Estados Unidos, en cuya inamovible estela parece que se ha domiciliado definitivamente la causa de la "civilización".
Por esos carriles se deslizaban la prédica con que, por sí misma, y por medio de las agencias noticiosas al servicio de la plutocracia nos envenenaba cotidianamente la prensa oligárquica. Y de ella era el piloto N9 1 ese diario "La Prensa", cuyo director-propietario fue el Dr. Gaínza Paz.
Servidores de todo lo extranjero en una medida que por su absurda e inexplicable obsecuencia "asombraba" a los mismos que se beneficiaban con ella; enemigos en bloque del país en que habían nacido y de cuyos mejores jugos vitales se servían en proporción indecorosa; indiferentes y extraños a las manifestaciones populares, cuyas expresiones más genuinas y elementales de su vivir menospreciaban en nombre de la "cultura", calificándolas de testimonios y resabios de la antigua barbarie; enemigos de la patria en cuanto significara abrir posibilidades para su ulterior engrandecimiento —siempre que esas posibilidades afectaran o tangenciaran algún interés creado de procedencia foránea— partidarios de* mantener indefinidamente al país en el primitivo grado de progreso de la etapa agropecuaria; mantenedores y cantores del mito de la "canasta de pan", con cuyo cuento infantil pretendieron eternizarnos en la humilde condición de medieros y proveedores de carne y trigo para el resto del mundo —carne y trigo que vendíamos por centavítos a cambio de que nos permitieran comprar a precio de oro productos manufacturados que recién ahora estamos comprobando que podíamos fabricarlos una y mil veces en nuestra misma casa y con nuestras propias manos— se comprende el casi imperceptible dejo de orgullo imperial con que Mr. Kelly vuelve a subrayar, aunque sin ocultar su extrañeza, que "La Prensa" estaba "siempre dispuesta" a hacer lugar y dar "amplia publicidad" a cualquier noticia que él pidiera personalmente, y más aún, que las opiniones vertidas en sus discursos "sirvieran de tema para los editoriales" y que, incluso, de una conferencia de su señora esposa "sacaran material para un artículo de fondo".
Ya había comentado Mr. Kelly al principio de esta crónica, con el mismo ademán de asombro y perplejidad que, en ocasión del debate público en torno a la famosa cuestión de los ferrocarriles (cuya posibilidad de que pasaran a poder de los argentinos, en virtud de la Ley Mitre, alarmaba "patrióticamente" a todos nuestros diarios coloniales, "La Prensa" y "La Nación" a la cabeza, en cuyas "tribunas de doctrina" no se les caía de la boca el latiguillo de que "el Estado es mal administrador**» eufemismo con que el que estaban pidiendo a gritos que se los regaláramos de nuevo a los ingleses) ya en esa ocasión, repetimos, el propio Mr. Kelly había comprobado que mientras él, con su buen tacto británico, temía ofender al pueblo y al gobierno argentinos al expresar en un discurso —pronunciado ante sus compatriotas— cuáles eran sus puntos de vista en legítima defensa de los intereses de Gran Bretaña que, como embajador de aquel país tenía el deber de defender, (intereses, en el caso, lógicamente contrapuestos al interés argentino, y de ahí su aprensión y temor de que tomáramos a mal esa defensa) se encontró con la agradabilísima novedad, totalmente inesperada para su honrado juicio, de que lejos de molestarse por ello, el viejo mastodonte de la farola le dedicaba un editorial "sorprendentemente cordial'* (!).
Así se comportaban los directores de estos nuestros grandes diarios coloniales en todas las circunstancias en que el interés argentino se oponía o -chocaba con los intereses imperiales del dólar o de la libra esterlina, salvo, claro está, que se tratara del precio de venta de sus vacas. Entonces sí que se volvían irreductibles, se encrespaban hasta echar espumarajos y enarbolaban un patriotismo inflamado de hermosas palabras que en ocasiones llegó hasta a hacer lagrimear de emoción a este pueblo desprevenido y bienaventurado.
En síntesis: la traición, en traje de papel.
CAPITULO XX
Y AQUÍ TERMINA MR. KELLY
LAS "memorias" de Mr. Kelly tocan a su fin, por lo menos en lo que respecta a los dos capítulos que en ellas dedicó a su agitada misión en la Argentina. Los párrafos que siguen no añaden nada substancial a lo ya dicho. Si los transcribimos, pese a su escasa significación, es simplemente para no dejar trunco su relato, el que termina así:
"Cuando se realizaron las elecciones presidenciales a principios de 1946, justificaron ampliamente la conducta que yo había seguido constantemente durante los dos años anteriores, con respecto a nuestro propio gobierno, con respecto a los norteamericanos y con respecto a la oposición argentina. Sin el proceso de falsificación y de intimidación de las elecciones anteriores —y sin ese proceso, porque no había necesidad de él— Perón llevó la delantera de un extremo a otro del país y se consolidó en el poder con una mayoría aplastante entre las ruinas de los viejos partidos.
"Por supuesto, mi negativa a participar en los ataques al Gobierno o evitar toda clase de relaciones con él, se basó en una cuestión de principios y hubiera actuado de la misma manera aun si no hubiera estado convencido de que Perón iba a ser el próximo presidente.
A pesar de todo, la oposición, que no había sabido interpretar todos los síntomas, empezó inmediatamente a comentar que después de todo yo había tenido razón en mantenerme al margen de las peleas. ("Oh, ¡qué vivo el inglés!*', como decían). Ya en ese momento me habían ofrecido y había yo aceptado el cargo de Embajador en Turquía y salí de la Argentina antes de que Perón asumiera el poder, y antes de que la "sociedad" hubiera vuelto a la ciudad para pasar el invierno (junio, julio y agosto, en el hemisferio sur).
"Recuerdo vivamente el último incidente oficial de mi estada en Buenos Aires. Hacía muchos meses que sólo había tenido vínculos comerciales con e1 Gobierno de Fa-rrell, sabiendo que la más mínima apariencia de cordiales relaciones podría producir una explosión. En todas mis visitas al general Farrell para tratar asuntos de negocios, éste me preguntaba por qué nunca lo llamaba para arreglar una visita en su casa, "tomar whisky y hablar conmigo en privado". La única vez que me atreví a hacer uso de esta invitación permanente fue cuando una huelga prolongada en nuestros frigoríficos amenazaba terminar en serios desórdenes. Fui a la residencia privada del presidente y después de un par de whisky me aseguró que actuaría sin demora: la huelga terminó en 24 horas. A pesar de todo, cuando Farrell me invitó, el día antes de mi partida, a almorzar en su residencia, estuvieron presentes todos los Ministros de Gobierno —cosa poco usual en esas oportunidades— v en el momento de la despalda, el presidente me acompañó hasta la puerta del coche, mientras que los Ministros, agrupados en la puerta, me saludaban a gritos. Al día siguiente, al dirigirme al aeropuerto (mi mujer había abandonado el país una semana antes1), me acompañó el encargado de negocios de Estados Unidos, Jack Cabot.
"Es preciso tener en cuenta las relaciones violentamente tirantes en ese momento entre los Gobiernos de la Argentina y Estados Unidos para poder apreciar el significado de esta conjunción de acontecimientos, que a decir verdad constituía una indicación positiva de que hasta el último momento había tenido yo la suerte de poder evitar los peligros reales de una misión ingrata y negativa".
Adiós Mr. Kelly. Y gracias por todo.
ESTE LIBRO QUE APARECIÓ EL QUINCE DE JUNIO SE TERMINO DE IMPRIMIR EL DOCE DE JUNIO DEL AÑO MIL NOVECIENTOS CINCUENTA Y TRES EN LOS TALLERES GRÁFICOS DE ALEA SOC. ANÓN. CALLE RIVADAVIA SETECIENTOS SESENTA Y SIETE DE BUENOS AIRES BAJO LA DIRECCIÓN TÉCNICA DE LA MISMA EMPRESA
[1] Nota de la Editorial véase para más detalles la edición "Conducción Política" del Gral. Perón, publicada por la Escuela Superior Peronista.
[2] Pavón Pereyra, ob. cit. pag. 179.
[3] Más tarde en 1951, el mismo planteo hace un raro general Bensón en Méjico... y en marzo de 1953 el plan es puesto en ejecución.
[4] El sistema de 1953 no es pues "original". Además el contrabando, como de costumbre, se realiza por la costa uruguaya.
[5] ¡Cómo cambian los tiempos! En 1953 el Presidente de loa argentinos denuncia públicamente en el Congreso al Departamento de Estado por sus "amistosas" influencias en la campaña de difamación internacional anti-argentina realizada en Marzo y Abril del mismo año.
* Perón no clausuró "La Prensa". Esta dejó de aparecer por que los "canillitas" se negaron a venderla, a raíz de un conflicto gremial; y el Congreso Nacional decidió su expropiación con fines sociales.
[6] En 1953 advertirnos que las agencias noticiosas no británicos que en 1952 servían a "La Prensa" eran la U. P., la A.P. e I.N.S. ¡ Rara coincidencia del destino que las reúne ahora en la desgracia de una "aventura" tan semejante a aquella de Braden en 1945!
LA ALBORADA
AMANECE el 17 de Octubre de 1945. Para comprender lo que ocurrió en el transcurso de aquella dramática semana de la pasión política argentina, habría sido menester haber mantenido con el pueblo argentino, con su pasado y su presente, un contacto infinitamente superior y más profundo del que estuvo al alcance del perspicaz diplomático inglés. Por ejemplo, Sir Kelly anota simplemente en sus Memorias que "se produjo una revuelta entre los partidarios del Gobierno y que el Coronel Perón fue arrestado y sacado de Buenos Aires", pasando demasiado apresuradamente sobre este punto neurálgico de la cuestión. Porque ahí estaba el nudo de la cuestión. ¿Por qué se produjo esa desavenencia entre los jefes superiores del movimiento revolucionario? ¿Por qué fue arrestado y sacado de Buenos Aires el coronel Perón? ¿Por qué precisamente él y nadie más que él? En la respuesta a estas preguntas cabría, resumida, toda la historia de la trascendente revolución argentina, cuya verdadera fisonomía recién comienza a perfilarse con caracteres netos a partir del 17 de Octubre.
En la conjunción de la compleja amalgama de intereses creados, de orgullos de clase y de odio "histérico", (como dice Kelly), que se polarizaron contra Perón, y en el choque de esa obscura masa de intereses y sentimientos contra la voluntad del pueblo, en cuyo pecho la esperanza de una inmediata redención tenía ya la forma, la figura y el nombre-bandera del coronel Perón, hay que buscar las causas que provocaron, primero, el alejamiento forzoso, la prisión y la tentativa de confinamiento de Perón, y en seguida, la razón del formidable estallido popular, la reacción de las masas que determinó su rescate en la maravillosa jornada del 17 de Octubre, única por sus características en los anales de la historia moderna.
Tampoco debería dejar de mencionarse la parte decisiva y la acción excepcional que en la histórica emergencia le tocó desempeñar, con ejemplar denuedo, a la singular figura femenina que también a partir de esa fecha pasó a ocupar un sitio de honor en la primera línea de trinchera, al lado mismo de su Líder: la inmortal Eva Perón.
Desafortunadamente, Mr. Kelly no menciona ni aborda estos problemas y, en consecuencia, tampoco lo haremos nosotros a fin de no excedernos del marco prefijado a este trabajo, cuyo modesto propósito no es otro, como queda dicho, que el de subrayar el esclarecedor reflejo que las citas, recuerdos, anécdotas y opiniones del ex embajador arrojan sobre el brumoso espejo de la realidad nacional de aquellos días.
Ha salido el sol del 17 de Octubre. Veamos cómo enfoca Mr. Kelly su panorama a través de sus anteojeras imperiales:
"En las primeras horas de la mañana del 17 de Octubre —cuenta sír David— los gerentes de los ferrocarriles ingleses vinieron a decirme que se había declarado una huelga espontánea, sin organizadores conocidos, en todos los ferrocarriles, de modo que Buenos Aires estaba aislado. En la tarde de ese día, decidí que era necesario ir a la Casa Rosada para decirle al único ministro que quedaba —el Ministro de Marina— que debía asumir la responsabilidad de proteger los ferrocarriles. Debo confesar asimismo que me impulsaba una enorme curiosidad por saber qué estaba pasando. Al acercarnos a la Casa Rosada vimos que la plaza estaba atestada de descamisados; alrededor de la Casa Rosada había un cordón de policía montada, pero no hacían esfuerzo alguno por impedir el paso de la gente ni se metían para nada con la multitud. El chofer quería retroceder y tuve que insistir para que siguiera adelante a muy poca velocidad. Tal como había esperado, la multitud nos dio paso no bien vio la bandera inglesa, contentándose con gritar en forma amistosa: "¡Viva Perón ! ¡Abajo Braden!". Llegué hasta la Casa de Gobierno y el Ministro de Marina me prometió que haría todo lo posible en el asunto de los ferrocarriles; pero por el momento ni él mismo estaba seguro de lo que estaba sucediendo. Esa incertidumbre duró poco. Media hora después de dejarlo, pasando a través de la multitud con la misma facilidad con que la había pasado antes, el presidente Farrell arengaba a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada, y parado a su lado estaba el coronel Perón, que había sido traído en triunfo a la ciudad esa tarde. Ese mismo día algunos miembros de la oposición habían decidido aceptar la situación y entrevistaron al general Farrell para llevarle la lista propuesta de Ministros, pero se los despidió diciendo que el Coronel Perón había vuelto. De esta manera la oposición, que la campaña de Braden había llevado a un grado de exacerbación que quizá haya sido la causa de la desaparición temporaria del coronel Perón, desperdició su única oportunidad de recuperar el poder y de excluir permanentemente a su futuro dictador. Desde ese momento en adelante, hasta las elecciones a principios de 1946, los acontecimientos se sucedieron rápidamente indicado cuál iba a ser, en mi opinión, pero no en la de la oposición cegada por el odio y por sus propios deseos, el fin inevitable".
Mr. Kelly nos obliga a repetir aquí algo que ya hemos señalado más de una vez a lo largo de esta confrontación. Como inglés y representante de los intereses imperiales de Gran Bretaña, hay cosas de la vida argentina que forzosamente escaparon a su inteligente penetración. Por otra parte, y debido a la índole misma de sus funciones (practicadas por él al estilo antiguo, según lo confiesa en la primera parte de estas Memorias: "Argentina 1919-1921" que ya hemos comentado) sir David sólo ha estado en íntimo y permanente contacto con las clases oligárquicas argentinas.
En cuanto al Pueblo nuestro, el verdadero Pueblo, apenas si llegó a conocer su fisonomía exterior.
Sus habituales anfitriones no pudieron enseñarle nada al respecto, ni orientarlo, porque tampoco ellos conocían al Pueblo, cuyo rostro confundían con el de las multitudes que se agolpan dominicalmente en hipódromos y estadios. De ahí la absoluta incomprensión de unos y otros acerca de los motivos que provocaron el afloramiento de las clases sociales argentinas sumergidas y su geológica eclosión el 17 de Octubre.
Por esa causa se equivoca Mr. Kelly al opinar, como lo hace en el párrafo que acabamos de citar, que la oposición "desperdició" la única oportunidad que se le ofrecía de recobrar el poder y de anularlo para siempre a Perón. Ese poder no lo hubiera recobrado nunca, de todos modos, porque el pueblo había abierto los ojos y tenía ya un Conductor. En el peor de los casos, sí los dirigentes del "puzzle" político de la U.D. hubieran hecho gala de otra cosa que de la tremenda incapacidad que pusieron de relieve, en particular los jerarcas de la oligarquía como para acentuar a los ojos de todos la irremediable decadencia que la afecta, sólo hubiera podido ocurrir una cosa y por cierto que bien lamentable para el país: el estallido de la guerra civil. Y una guerra civil (aunque Braden la agitara desde lejos como una esperanza) es la peor calamidad que pueda abatirse sobre un pueblo,
El 17 de Octubre fue una epopeya, la aurora de una gran esperanza para los humildes, el alba de un nuevo día para los sumergidos. Ese día, el pueblo puso su sello definitivo a la revolución iniciada el 4 de Junio al respaldar, con su presencia y con su fuerza, la reivindicación de los derechos de los trabajadores, y la reconquista de todo lo argentino, que el coronel Perón había inscripto en su estandarte de guerra al enfrentar a la oligarquía.
Sin el 17 de Octubre, el movimiento del 4 de Junio hubiera corrido el riesgo de estacionarse en una revolución inconclusa. La marea popular que arrancó a Perón de las garras de la regresión que enconadamente operaba desde la sombra, fijó para siempre el destino y el norte de ese Movimiento. Por otra parte, así lo dejó claramente establecido el general Perón al declarar ante la Asamblea Constituyente del año 1949:
"La historia nos enseña que toda revolución legítima es siempre triunfante. No es la asonada, ni el motín, ni el cuartelazo: es la voz, la conciencia y la fuerza del pueblo oprimido que salta y rompe la valla que le oprime. No es la obra del egoísmo ni de la maldad. La revolución en estos casos es legítima, precisamente porque derriba el egoísmo y la maldad. No cayeron éstos pulverizados el 4 de Junio. Agazapados, aguardaron el momento propicio para recuperar las posiciones perdidas. Pero el pueblo, esta vez el pueblo sólo, supo enterrarlos definitivamente el 17 de Octubre”.
Esto aclarado, vamos a pasar de largo sobre tan fundamental y decisivo episodio de la vida nacional. El 17 de Octubre es para la Argentina de hoy una fecha excesivamente cargada de significado histórico, como para enfocarla y definirla en un final de capítulo. Quede para otra ocasión.
¿Caudillo o Conductor?
"Desde mi primer encuentro con Perón —cuenta Kelly— llegué a la conclusión de que era un brillante improvisador, con un fuerte sentido político y gran encanto personal, pero sin interés alguno por la ideología nazi ni por ninguna otra. Sentía instintivamente, y estaba en lo cierto, que la masa desheredada del pueblo argentino ansiaba tener un caudillo, que es la palabra latinoamericana para el dictador personal que posee en cierta manera una atracción mística; con un instinto seguro sobre la mejor manera de sacar provecho de este sentimiento eligió, en 1943, el entonces obscuro cargo de Secretario de Trabajo y Previsión. Se dedicó perseverantemente a crear un movimiento gremial con auspicio gubernamental y bajo su propio control, y en menos de dos años consiguió atraer a la gran mayoría del proletariado. Ya he mencionado cómo perdió la oposición conservadora la oportunidad de formar un nuevo gobierno bajo la presidencia de Farrell en octubre de 1945, y cómo un movimiento espontáneo del proletariado trajo de vuelta a Perón, y esta vez definitivamente".
De nuevo pasa aquí Mr. Kelly demasiado a prisa sobre un detalle fundamental del panorama político que intenta describir a vuelo de pájaro. Dejemos de lado eso de que la masa "desheredada" del pueblo ansiaba instintivamente tener un caudillo y que Perón "lo sabía". Mucho se ha discutido sobre la exactitud o el error en que se incurre siempre que se aborda ese obscuro tópico de la idiosincrasia latina —o más exactamente, latinoamericana—. No es este el lugar más indicado para dilucidar tal problema. Contentémonos con señalar, de paso, que para quienquiera que haya frecuentado el estudio de la historia humana, desde los albores de la civilización hasta nuestros días, es por demás evidente que en cualquier latitud y bajo cualquier condición económica, desarrollo social, clima físico o político y toda otra circunstancia determinante, las masas inorgánicas o los pueblos organizados han experimentado siempre esa ansiedad o apetencia de un jefe a que alude Mr. Kelly, particularmente en períodos cruciales de evolución, adversidad o incertidumbre.
Ahora bien: dado el jefe o la circunstancia determinante, ¿qué es lo que hace la diferencia entre un "caudillo" •—palabra cuya etimología política coincide generalmente con el sentimiento de la arbitrariedad personal y su abusivo ejercicio— y el "conductor", cuya acción supone de hecho una armonía preestablecida, una conjunción de voluntades concertadas entre el que manda y la masa que, organizada, obedece?
Nadie mejor que el propio general Perón ha dejado bien establecido la línea divisoria que separa los perfiles y el modo de obrar de uno y otro. Considera el general Perón que el caudillismo —y desde luego la persona que eventualmente le da vigencia: el Caudillo— constituye el inevitable fruto de una deficiente organización social. Por eso, en su discurso a los legisladores peronistas, en junio de 1949, señaló lo siguiente:
"Hay que reemplazar el caudillismo por el estado permanente, orgánico, de las masas políticas y ese será, señores, el gran triunfo de nuestro partido, si es que nosotros podemos imponerlo en el panorama nacional. Si nos organizamos nosotros, tendrán que hacer lo mismo los otros partidos políticos, porque sino no llegarán más al poder. Si mañana fuéramos derrotados por un partido mejor organizado que el nuestro, yo me sentiría inmensamente feliz porque de un partido orgánico nada malo puede esperar el país; en cambio, muchos males pueden esperarse de hombres que, por bien intencionados que sean, actúan con un grado de desorientación".
Y en otra ocasión, un mes más tarde, al dirigirse a la Asamblea General del mismo partido, el general Perón hizo este paralelo entre Caudillo y Conductor que, .a nuestro juicio, fija exhaustiva y definitivamente los términos del problema:
"El caudillo improvisa, mientras que el conductor planea y ejecuta; el caudillo anda por entre las cosas creadas por otros, el conductor crea nuevas cosas; el caudillo produce hechos circunstanciales mientras que el conductor los produce permanentemente; el caudillo destruye su acción cuando muere y la del conductor sobrevive en lo que organiza y pone en marcha. Por eso el caudillo actúa inorganizadamente y el conductor organiza venciendo el tiempo y perdurando en sus propias creaciones. El caudillismo es un oficio y la conducción es un arte". [1]
Admitida pues, la "apetencia" de un jefe a quien seguir, que Mr. Kelly creyó haber descubierto en el pueblo argentino en ese período, y conceptivamente encuadrada la acción del mismo en los términos que se acaban de señalar, ¿por qué resultó Perón el elegido? Estaba en la capacidad mental de muchos el advertir ese estado de ansiedad popular y de hecho fueron varios los que la advirtieron e intentaron señalarse a sí mismos como los más indicados para satisfacerla. ¿Por qué fue Perón y no otro el jefe ungido por el favor popular?
Es innegable que los pueblos participan en cierto modo de la misteriosa virtud que se atribuye a los rabdomantes. Casi de entrada, el nuestro lo "sintió" a Perón. Mientras lo que se entiende por las "clases ilustradas" y cuando, en general, lo que se conoce por "opinión pública" se hallaban aún virtualmente en la luna en lo que respecta al futuro social y político inmediato de la Nación, ya los trabajadores lo habían reconocido a Perón y, a través de ellos, todo el pueblo del país lo saludaba como a su mentor, su defensor y su guía. Por éso, porque ya lo habían descubierto y sentían identificadas en él sus ansias de redención fue que, cuando la oligarquía opositora coaligada con la insidia extranjera intentaron arrebatárselo, las masas trabajadoras y el pueblo entero se lanzaron tan denodadamente a la calle, decididas-a reconquistarlo a cualquier precio.
Esto es lo que Mr. Kelly no alcanza a comprender en su verdadero y profundo significado cuando se refiere al episodio de la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Por insuficiente conocimiento de nuestro medio y de las características actuales de nuestro pueblo (mala información que, repitámoslo, no hay que achacarle a él sino a la oligarquía en cuyo ambiente se movió) Mr. Kelly creyó ver el nacimiento de un "caudillo" en la actividad creadora y organizadora, de un "conductor".
Para empezar su tarea, Perón eligió, al principio, algo que era mucho más obscuro aún. Pidió la dirección del antiguo y anodino Departamento de Trabajo, repartición pública inútil como un hongo, cuya sola denominación constituía un verdadero sarcasmo y a la que jamás concurría ningún obrero en busca de amparo, a menos que no estuviera en sus cabales.
Mientras los demás jefes militares se disputaban los cargos de mayor relumbrón en el gobierno, el "ignorado" coronel Perón pidió para sí un puesto que, por lo insignificante e incoloro, de seguro que habrá hecho sonreír para sus adentros a sus poco avisados colegas. En el raso horizonte de la Patria, Perón había visto alzarse su estrella, y se aprestaba a seguirla.
¿Cuál fue, en substancia, el propósito, la idea, que dio origen a la Secretaría de Trabajo y Previsión? Dejemos la palabra a su creador, el general Perón:
"Diré cuál fue la verdadera concepción con que se creó, porque yo fui el creador y el inspirador de todas las obras que allí se realizaron. Veíamos a nuestra pobre gente empujada desde todos los lugares; iba a todas partes a pedir y cuando lograba conseguir algo, salía amargada a pesar de haberlo conseguido; veíamos al desgraciado que no tenía adonde recurrir, que debía afrontar las situaciones que se le creaban; desde el agente de policía que lo sacaba del banco de la plaza hasta quien lo recibía para darle de comer o para ayudarlo, era muchas veces vilipendiado por una sociedad que es la responsable de ese estado de cosas al cual no ha sabido ponerle remedio, que lo repelía de todos los medios donde ha tomado contacto con ella. Yo creé un organismo, llamé a los ordenanzas y les dije: "Vamos a hacer una casa donde el más desgraciado llegue y pueda mandar, porque alguna parte debe tener donde él mande"; un organismo donde llegue un hombre a defender los derechos que no se le han aceptado en ninguna parte, y ahí se los acepten o por lo menos se estudie su problema para solucionarlo. Con ese espíritu la Secretaría de Trabajo y Previsión pasó a ser la Casa de los Trabajadores y se comenzó a estructurar algo más racional y orgánico, y es precisamente del espíritu de esa casa como han nacido los Derechos del Trabajador". [2]
El Odio de los Ricos
Sigamos el hilo de su narración: —"Todavía oportunista —dice Kelly— por un tiempo siguió dispuesto a llegar a transacciones con las esferas comerciales, pero el odio histérico de los ricos (Kelly vio "ese odio de los ricos" ese mismo odio que los ricos atribuyeron a Perón primero y a Eva Perón después como creadores e instigadores de la división y la lucha de clases) y la mal aconsejada campaña del embajador Braden fortalecieron de tal manera su dominio sobre las masas que pudo prescindir de cualquier otra clase de apoyo. Aún cuando su carta de triunfo más fuerte era su propia popularidad con las masas, sacó inmensa ventaja del hecho de poder empapelar las paredes con carteles murales cuyo slogan era "Braden o Perón", haciendo reaccionar de esta manera la desconfianza profundamente arraigada de los argentinos hacia los norteamericanos".
El odio "histérico" de los ricos, dice Kelly. Y dice bien. ¿Por qué las clases económicamente privilegiadas odiaban a Perón? Es cierto que éste había dicho: "queremos menos ricos y menos pobres". ¿Pero era solamente por éso? Detrás de esa frase aparentemente inofensiva y de corte evangélico, las clases adineradas presentían que se ocultaba algo mucho más grave, adivinaban que se había despertado en el país algo nuevo y peligroso para la estabilidad de la vieja injusticia en que se apoyaban su bienestar y su prosperidad económica. Los ricos sospechaban que este elocuente defensor de los trabajadores, que este campeón de los desheredados, que había irrumpido casi de pronto en el escenario nacional dominando con su varonil silueta de luchador el panorama hasta entonces gris y amorfo del vivir argentino, no les iba a dar cuartel ni se iba a conceder reposo en sus confesados propósitos de retacearle hasta donde fuera posible el usufructo de sus privilegios, para volcarlos en favor de los trabajadores.
Cada resolución por él inspirada, cada decreto-ley emanado de la Secretaría de Trabajo y Previsión, cortaba una de las mil cabezas de la hidra oligárquico-plutocrática. Perón no solamente exigía que se les pagaran jornales decentes a los obreros, y que se los tratara como a seres humanos que eran, cosa que al parecer muchos habían olvidado, sino que exigía, además, que se los cuidara, que se los respetara, que se les devolvieran sus perdidos derechos de gentes, incluso al peón de campo, incluso a la sirvienta de todas partes, reglamentando su horario de trabajo, elevándole el salario, estableciendo sus derechos a la jubilación, fijando sus derechos a indemnización por despido, sus derechos a asistencia y servicios sanitarios, vacaciones pagas, turismo social, etcétera.
En una palabra, Perón reclamaba para todos —y no se conformaba con palabras, sino que apuraba el hecho, creaba la realidad— trato humano, digno, cristiano, pro fundamente cristiano, y profundamente humanista. Perón vino a revivir algo que la humanidad recordaba muy vagamente haber oído ya hace cerca de dos mil años, ésto es, que todos somos seres humanos, que todos somos hijos de Dios, hasta los más humildes y desamparados, y que si algunos, entre todos, merecían consideración diferente, un tratamiento excepcional, éstos eran, aparte de los niños "los únicos privilegiados", los trabajadores, los hombres que se ganaban el pan, para ellos y para los suyos, "con el sudor de su frente", de acuerdo con la inmortal admonición bíblica, superada por el Evangelio en su anuncio; "mí yugo es suave y mi carga, ligera".
Esto era lo que inquietaba a los ricos, esto era lo que alarmaba a las clases perezosas y socialmente parásitas que soportaba el país. Después de haberse convertido casi en sinónimo de inferioridad social y constituido motivo de humillación, pues no era considerado "bien" trabajar con sus propias manos, el Trabajo, así, con mayúscula, se había transformado de golpe, bajo la palabra y la acción de Perón, en el primer honor para un ciudadano argentino. Ahí estaba el punto neurálgico. Casi tanto como la amenaza que se cernía sobre sus bolsillos, esta tentativa de nivelar, en nombre de la Justicia Social, los derechos de los trabajadores a todos los demás "derechos" invocados por las clases privilegiadas, fue lo que asustó primero y encendió luego hasta el rojo vivo de la indignación a la aristocracia y la oligarquía vacunas, hermanadas en el mismo rencor con la burguesía adinerada, y, desde luego, con esa otra clase invertebrada, neutra y pretenciosa que se denomina a sí misma "la minoría ilustrada",
Esa fue la gran corazonada de Perón: tirarse a fondo en la reivindicación de las clases trabajadoras y humildes, sin arredrarse ante lo que pudiera pasar, realizando valientemente los Derechos que luego proclamó como decálogo en 1944, sin detenerse demasiado a pensar en la contraparte que el disfrute de todo derecho supone. Ya habría tiempo de sobra para esto último. Demasiado conocían ellos, los desamparados, a quienes se había propuesto reivindicar, esa otra cara de la medalla que se llama el Deber. En cambio, a la otra, el Derecho, no la habían visto todavía, como tampoco habían visto nunca la otra cara de la Luna.
¡Vaya si conocían el "Deber" nuestras clases más humildes de trabajadores! El empleador que tomaba a su servicio un obrero, un peón, un jornalero o una sirvienta, le imponía al detalle una cantidad de "deberes" que había que cumplir al pié de la letra y de cuya observancia se le hacía personalmente responsable, pero no le mencionaba jamás ningún "derecho", fuera del muy relativo al salario, casi siempre tan exiguo que apenas si alcanzaba para satisfacer las más elementales necesidades de la vida animal. Y si por esta causa alguno de ellos se atrevía a protestar, se lo echaba a la calle sin más trámite, y si unos cuantos se organizaban para defenderse e intentaban una huelga, entonces aparecían los custodios del orden (porque el reclamo del derecho a una vida decente era calificado como un desorden, una "alteración del orden") y los obreros rebeldes eran despedidos en masa y se veían reemplazados por obreros "'libres" y sus cabecillas puestos fuera de la ley, cuando no vejados y encarcelados. En cuanto a sus "derechos cívicos", mejor no hablar. La farsa del fraude electoral, por ejemplo, era llevada tan lejos que superaba los límites de lo grotesco.
Este brusco viraje, este cambio en la luz que hasta entonces había iluminado el panorama nacional, soliviantó a todo el país. Las clases hasta entonces oprimidas, los mal asalariados, los humillados, los sumergidos, se alzaron en sucesivas oleadas y reclamaron el trato y el pago correspondientes a su trabajo y a su condición humana. Esa fue la obra substancial de Perón, en-lo que a elevación del nivel social, económico y moral de las clases sumergidas respecta. Y ahí está la razón del odio "histérico" que a partir de entonces le profesaron las clases ricas, según apunta en sus memorias Mr. Kelly.
Las Aldeas de Potemkin
A esa circunstancia se vincula también eso de la "mal aconsejada campaña del embajador Braden" que, tal como lo comprobó al ex-embajador, hizo reaccionar violentamente a los argentinos
Sí. Fue nuestra oligarquía la que aconsejó a Mr. Braden meter las cuatro de caminar en la política interna de la Nación Argentina. Lo ha denunciado con todas las letras —naturalmente que sin proponérselo, pero así surge del plácido fluir de sus recuerdos en estas Memorias que estamos comentando— un ex diplomático británico quien, desde su atalaya en la embajada de Buenos Aires, asistió a todo el proceso y en cierto modo convivió con los responsables de esa ignominia.
Braden entró aquí con paso cauteloso, como lo demuestran sus declaraciones antes de llegar al país y aún las de los primeros días de actuación entre nosotros, y es casi seguro que hubiera seguido comportándose de esa manera si la oligarquía criolla, obsecuente y pedigüeña, no lo hubiera incitado a desmandarse. Y luego, ya desbocado Braden, fue esa misma oligarquía la que continuó instándolo a que se entrometiera cada día más y más. Tanto lo alentó, lo aduló, lo aplaudió, que llegó a ilusionarlo y cegarlo por completo. Braden actuó aquí desde su puesto de embajador y luego desde la ayudantía del Departamento de Estado, completamente equivocado con respecto a los verdaderos sentimientos y a la reacción que su actitud provocaba en el seno del pueblo argentino. Creyó que a "la inmensa mayoría" le parecía de perlas su intromisión y su abuso, su permanente violación del respeto que debía a la soberanía nacional. Y ésto, porque la oligarquía se encargó de hacérselo creer así. En consecuencia, la mitad de la culpa, cuando menos, del atropello bradenista, la tiene la oligarquía criolla que, por medio de su infaltable presencia física en torno a la persona del embajador, la nube de incienso en que lo envolvió, la ruidosa prédica de la copiosa prensa entreguista, y por último, con el broche de oro (oro en dólares) de la famosa "Marcha de la Libertad y la Constitución” le apuntó a Mr. Braden las consabidas "aldeas de Potemkin" y el yanqui embajador tragó todo: la carnada, el anzuelo y el hilo. Terminó por creer de verdad que su misión aquí era infinitamente superior a la que había imaginado cuando le asignaron el cargo, llegó a creerse seriamente el salvador de la paz continental, el campeón de nuestra democracia, y el redentor del pueblo argentino.
Por sí alguno dudara todavía de la parte que desempeñó nuestra oligarquía en esta curiosa ilusión de Braden, véase este telegrama que un "distinguido" núcleo de damas y caballeros de esa casta envió al senador norteamericano Connally, presidente a la sazón de la comisión de relaciones exteriores del Senado de la Unión, a raíz de producirse en Washington la prolongada amansadora a que se lo sometió a Braden antes de confirmarlo en su nuevo cargo. La vocación entreguista de nuestra oligarquía había llegado a un tal grado de sumisión frente a la poderosa nación extranjera que pretendía sojuzgarnos, que la dilatada pausa para la meditación que se tomaron los senadores de la Unión antes de confirmarlo a Braden le produjo un interminable escalofrío en la médula a los contubernistas de la U. D. local, no sea el diablo que se viniera abajo el castillo de naipes y se deshiciera la trenza yanqui-criolla para voltearlo a Perón.
El telegrama a que aludimos, rubricado por una serie de rimbombantes apellidos, correspondientes todos ellos a las mejores páginas del Libro de Oro de nuestra Guía Social, estaba concebido en estos términos:
"La opinión democrática argentina coincide con la posición de Mr. Braden respecto al problema de la libertad en América —reza— y desea expresar que considera como una actitud amistosa para nuestro pueblo y nuestra democracia su confirmación como Secretario de Estado adjunto para los asuntos latinoamericanos".
No vale la pena mencionar los nombres de quienes suscribieron esta original rogativa. Naturalmente, éstos representaban "la crema" de la extensísima nómina de los que formaron filas en cuanto homenaje público se rindió a Braden mientras permaneció entre nosotros.
Lo raro de este episodio es que ese mismo Connally, destinatario del insólito petitorio, había dicho en esos días en pleno senado norteamericano y refiriéndose precisamente a este presunto salvador de la democracia panamericana: "Algunos de nosotros opinamos que lo mejor para todos era no intervenir en los asuntos internos de otros países. Quisimos que nadie pensara que al aprobar el nombramiento de Spruille Braden íbamos a volver a la política del garrote y a la diplomacia del pasado". Y si todavía no fuera del todo claro, Connally añadió lo siguiente: "La única clase de gobierno que tiene valor para el pueblo es el gobierno que el pueblo adopte y mantenga, y no puede ser impuesto desde el exterior".
¿Qué pensaría Mr. Connally del anterior telegrama y de las gentes que se lo enviaron?
CAPITULO XVII
LA ALTERNATIVA: O BRADEN O PERÓN
A UN cuando Perón no ejercía funciones ministeriales, —sigue narrando Mr. Kelly— desde el cargo clave de Secretario de Trabajo y Previsión no sólo promulgó una serie de decretos y reglamentaciones destinados a ser recibidos con satisfacción por todos los sectores del proletariado, sino que convirtió a la Secretaría, con todos sus representantes e inspectores regionales, en una enorme máquina electoral. Sin embargo, de lo que sacó más ventaja fue el hecho de que el señor Braden, desde Washington, continuó llevando adelante su dramática intervención mediante constantes declaraciones y discursos. El slogan que, como dije antes, pronto apareció en todos lados en los carteles murales fue "Braden o Perón" y "los obreros argentinos contra la dominación yanqui", etc.
Vamos a citar solamente algunas tomadas al azar, de las innumerables agresiones verbales de que Braden hizo víctima a nuestro país en cuanto se alejó de sus fronteras. Ni siquiera nos concedió un descanso desde las distintas etapas de su viaje. La lluvia de metralla iba a ser incesante. Sólo se detuvo —y a medias— cuando sus propios compatriotas, hartos de tanto ruido para nada, lo sacaron tiempo después del puesto clave del Departamento de Estado. Desde entonces, Braden, (cuyo retorno la oligarquía criolla sigue añorando, como la vuelta de su Mesías) se ha convertido para nosotros en una especie de tábano, que aparece de golpe en ciertos días de bochornosa canícula, zumba horrísonamente a nuestro alrededor y desaparece como ha venido, hasta otra vez, dejando en el aire, por largo rato, una desagradable estela. Habrá que tener paciencia y esperar a que se lo trague, para siempre, el Gran Silencio . .
Con el pie en el estribo, desde San Juan de Puerto Rico, Braden nos manda por elevación esta andanada:
"Me han conmovido, aunque no sorprendido —declara a los periodistas de aquélla ciudad— los sucesos ocurridos en la Argentina después de mi partida. El hecho de que el régimen de facto vuelve a recurrir a medidas extremas de represión, inclusive el encarcelamiento de ciudadanos patriotas, cuyo único ¿leseo es que su país vuelva a la libertad de sus instituciones constitucionales del gobierno representativo, es algo ante lo cual los otros pueblos de este hemisferio no pueden permanecer indiferentes".
"Confío —añade— en que las naciones americanas no fallarán en la defensa de sus propósitos comunes. La enorme mayoría del pueblo argentino —más del 90%— es democrática (Braden lo dice, bien -se vé, por lo que le ha hecho creer la oligarquía, y por la "Marcha de la Libertad y la Constitución", que tanto contribuyó a ilusionarlo a ese respecto: siempre insistió que en esa manifestación se habían congregado más de 500.000 personas) y amiga de los Estaos Unidos. Los otros estados sudamericanos comienzan a darse cuenta de la significación de las tendencias en la Argentina, lo cual les inquieta".
Obsérvese la aparición, en labios de Braden, de una nueva serie de estribillos correlacionados entre sí: "los otros pueblos de este hemisferio no pueden permanecer indiferentes"; "confío en que las naciones americanas no fallarán en la defensa de sus propósitos comunes"; "los otros estados sudamericanos comienzan a darse cuenta..." etc.[3] ¿Qué quiere decir? Todo eso no es pura monserga, como se verá. Algo sensacional se trae en sus alforjas. No hay que olvidar que Braden estuvo en el Río de la Plata y que el Gobierno (de alguna manera debemos llamarlo) de la orilla de enfrente está muy a mano. Ya develaremos el misterio. Sigamos citándolo. En Miami y en Nueva York, se muestra muy eufórico: "La extraordinaria manifestación de la semana pasada —declara en la ciudad de las palmeras y de las bañistas semidesnudas— mostró cómo siente el pueblo argentino. Fue una de las más extraordinarias que be visto". Y añade en Nueva York: "Veo un motivo para abrigar optimismo respecto del pueblo argentino. Todos los que presenciaron la demostración que hizo por su libertad, no pueden menos que sentirse impresionados”.
En Washington, en cambio, se vuelve plañidero:
"He presenciado —expresa en el banquete del Día de la Armada— el sufrimiento de una gran nación que hace diez años, tal como nos pasó a nosotros, había dicho con plena convicción: "No puede suceder aquí", y sin embargo, hoy ha sucedido allí. He sentido el agobio de la depresión que se apodera de un pueblo del cual abusa cruelmente quien se considera su salvador, apoyado por una camarilla que imita el prototipo europeo".
Se refiere luego al "estado de sitio" que ha vuelto a implantarse en la Argentina y se esmera en definir para sus oyentes la sombría cadena de horrores que esa expresión encierra:
"En términos concretos —dice—- el "estado de sitio" permite que funcionarios fanfarrones castiguen a un ciudadano pacífico porque se niega a dar vivas al "jefe"; significa que los matones pueden golpear con sus puños calzados con manoplas a muchachas por gritar "¡viva la democracia!"; quiere decir que la policía montada, con los sables desenvainados, puede atropellar a hombres, mujeres y niños golpear y balear o arrestar a cualquiera a voluntad, sin temor a represalias. Esto y mucho más es lo que significa el "estado de sitio".
Finalmente, Braden da este consejo: "Tumbemos el árbol y arranquemos las raíces subterráneas". (Extraídos de telegramas-insertos en el diario "El Mundo" del 6146).
Otra Variante del "Jaque Perpetuo"
¿Qué es lo que quería dar a entender Braden cuando decía que había ciertos países en América del Sur que se sentían "inquietos" a causa de la situación imperante en la Argentina?
En su breve excursión por los países de la costa del Pacífico, Sir David Kelly ha comprobado precisamente lo contrario y así nos lo cuenta en el párrafo de sus Memorias que ya hemos citado. Sir David ha comprobado, por ejemplo, que los cancilleres de las naciones que visitó se sentían molestos, contrariados e incluso ofendidos por la indecorosa presión que sobre ellos se estaba ejerciendo a fin de que rompieran sus relaciones con la Argentina.
¿Cuál podía ser, pues, el país que, según Braden, se sentía "inquieto" por nuestra culpa? ¡Ah! Nos olvidábamos de uno: el Uruguay.
En efecto, y como una consecuencia, quizás, del estado de extrema tensión nerviosa a que teníamos sometidos y debían padecer nuestros cordiales hermanos de la otra orilla del Plata, el canciller de la República del Uruguay, Dr. Rodríguez Larreta, ha lanzado una iniciativa, que somete a "consulta" de todo el continente: la intervención colectiva, multilateral y panamericana, contra cualquier país de este hemisferio cuyo régimen de gobierno "viole los derechos del hombre". No explicó el Dr. Larreta, al echar a la circulación dicha iniciativa, qué es lo que debía entenderse por esa expresión, qué conceptos abarcaba y en qué punto preciso de la vida de relación individual o colectiva había de determinarse esa "violación" de los derechos del hombre.
Por ejemplo, debió aclararnos lo siguiente: ¿el negro es un ser humano? Si se admite que, a pesar de su color, el negro es un ser humano y, como tal, con todos los derechos inherentes a su condición de hombre, ¿habría que intervenir colectiva, multilateral y panamericanamente, en los asuntos internos del país que trata a los negros como si no perteneciesen a la comunidad humana y que, en nombre de la Ley de Lynch, los cuelga, con cualquier pretexto, del primer árbol que encuentra a mano?
No aclara ese punto realmente oscuro la propuesta del canciller uruguayo, pero semejante omisión no preocupa lógicamente a nadie. En cambio, ¡con qué gusto se restrega las manos al recibirla Spruille Braden! ¡Qué maravillosa idea! Con el mayor entusiasmo apoya la "iniciativa" del Dr. Rodríguez Larreta, a la cual eleva por su cuenta a la categoría de "doctrina", según lo informa un despacho de "La Prensa", al transcribir este comentario de Braden:
"Ninguna acción armada se concreta en ella. Por cierto que si- en la organización de las Naciones Unidas los países tienen derecho a considerar las cosas como en la mencionada doctrina Larreta, tenemos derecho a hacer lo mismo en este hemisferio'*.
En pocas palabras, se trata de aplicar en el seno de la familia americana, la vieja martingala tantas veces puesta en práctica en la sociedad de las naciones: hacer que entre todos saquen del fuego las castañas que uno solo se quiere comer.
A este respecto, y con el visible objeto de jerarquizar ante la opinión pública de todo el continente la propuesta del canciller uruguayo, advirtiendo, de paso, a todas las cancillerías de esta parte del mundo la importancia que en Washington se le concedía a la misma, la "National Broadcasting Company" organizó el 15 de enero de 1946, y para ser difundida en América Latina una audición radial de caracteres excepcionales sobre política panamericana, con el concurso de destacados parlamentarios norteamericanos y, entre ellos, el secretario adjunto Mr. Braden, Como era de esperarse, la versión completa de esa charla radiotelefónica fue minuciosamente telegrafiada e íntegramente transcripta, a toda página, en nuestros diligentes grandes diarios coloniales.
Al ser entrevistado Braden en dicha ocasión por el Director de los programas latinoamericanos de la mencionada broadcasting, se produjo el siguiente diálogo, en el que se transparenta la intención que anima a todos:
Fisher: "¿Qué pasa con la propuesta uruguaya?"
Briggs: "Lo que sostiene el ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay es que la notoria y repetida violación de los derechos humanos por parte de un país pone en peligro Ia paz no es materia de preocupación para los demás países. El ministro de Relaciones Exteriores subrayó que el estrecho paralelismo entre democracia y paz evidencia también la necesidad de armonizar la doctrina de no-intervención unilateral con la de adoptar una actitud frente a un régimen que viola los derechos del hombre'*.
Fisher: "¿Pero qué hay de nuevo acerca del plan uruguayo?"
Briggs: "Esa propuesta establece claramente el paralelismo entre democracia y paz y la estrecha relación entre ambas constituye la base legítima de la acción interamericana. En segundo lugar, el Uruguay considera que la "no-intervención" no debe servir de escudo para la comisión de delitos, para dar asilo a las fuerzas del Eje y desentenderse de compromisos. El Dr. Rodríguez Larreta formuló esa propuesta y sugirió que fuese materia de consultas con vistas a su adopción".
Braden: "Cuando el Secretario de Estado, Mr. Byrnes, prestó al mensaje del canciller uruguayo su más decidida aprobación, estableció con toda claridad que la "violación de los derechos elementales del hombre" por un gobierno de fuerza y el no cumplimiento de sus obligaciones por el mismo gobierno es problema de preocupación común para todas las repúblicas. Como tal se justifica una acción colectiva, multilateral, después de consultas formales entre las repúblicas, de acuerdo con los procedimientos establecidos".
Fischer: "¿Y la aprobación del Secretario Byrnes sigue en pie?"
Braden: "Efectivamente. Estamos convencidos de que la propuesta uruguaya es atinada y, además, en pleno acuerdo con el desarrollo del sistema panamericano".
Como se vé, ya no bastaba la agresión metódica, pero solitaria y aislada, del "coloso del Norte", a través de su Departamento de Estado. Ahora se trataba de hacer intervenir en la Argentina (y esta vez con carácter de "intervención armada", multilateral y colectiva, a todo el continente. ¿No lo autorizaba así la organización mundial de las Naciones Unidas? Y si la entidad madre lo podía hacer en el resto del mundo, ¿por qué no lo podríamos hacer también nosotros aquí, tal como lo sugería Braden, por intermedio de la "doctrina" Larreta?) ahora se trataba, decíamos, de hacer. intervenir en los asuntos internos de la República Argentina, machete en mano, a toda la familia panamericana. Y esto, a propuesta del Gobierno "hermano" de la Banda Oriental...
"La Aventura más Estúpida y Escandalosa"
Pero la "doctrina" Rodríguez Larreta (¡oligarca había de ser!) no llegó a cuajar, vaya a saberse por qué. Quizás porque el horno panamericano no estaba todavía listo para tales bollos. Acaso porque, a su vez, las cancillerías anticipadamente "consultadas" detrás del biombo evidenciaron que se sabían de memoria aquéllo, tan viejo, de que "cuando las barbas de tu vecino veas afeitar. . ." y se negaron a entrar por el aro complicándose en eso. Y posiblemente, también, ¿por qué no? porque en Norte América no estaban todos tan locos como Braden. Por lo tronío, ya lo hemos oído al senador Connally. A su vez, una muy conocida revista neoyorquina, "Times", había hecho, con respecto al nombramiento de Braden en el Departamento de Estado, esta curiosa reflexión, que ponía de relieve que si bien era cierto que a algunos divertía, a todos preocupaba la actuación de Braden, "Al confirmar al señor Spruille Braden como secretario adjunto para los asuntos latinoamericanos —decía "Times"— el Senado norteamericano ha soltado un toro en un comercio de porcelana". (Publicado por "La Prensa" del 21145, en el servicio noticioscj^rgido por la agencia Reuter).
Por su parte, el senacrby^.Wherry, de Nebraska, provocó un agrio debate en el Senado de la Unión a propósito de la política realizada en América Latina por el Departamento de Estado. Esto se produjo el 31 de julio de 1946. En ese debate se dijeron cosas muy duras y se vertieron calificaciones harto sugestivas con respecto a la política seguida por Acheson y Braden en la República Argentina. Pero el público argentino apenas si se enteró en mínima parte de lo que se había expresado en ese debate que tanto le concernía y que de seguro le habría agradado conocer. Para esa clase de información no había espacio en nuestros grandes diarios coloniales. En cambio, sobraba una página-sábana, a todo lo ancho, para una tan insidiosa como insulsa charla radiotelefónica entre Braden y sus cofrades, dialogando con sus acólitos acerca de la mejor manera de - organizar una intervención armada contra la Argentina, por mano de la familia latinoamericana y en nombre de la "doctrina" del canciller uruguayo. Para un debate producido en el senado norteamericano en el que se defendió la soberanía argentina y su derecho a manejar libremente sus propios asuntos internos, la conspiración del silencio, ni una línea. Pero ese silencio no pudo evitar que, de resultas de ese trascendental encuentro verbal, la posición de Braden comenzara a tambalearse, para caer poco después.
En la mencionada ocasión, el senador Mr. Kenneth Wherry, representante, como queda dicho, por el distrito de Nebraska, pidió lo siguiente: "una investigación completa en torno a la intervención de algunos funcionarios del Departamento de Estado en las repúblicas latinoamericanas, especialmente en la política interna de las mismas, así como toda acción de los citados funcionarios que haya tendido a destruir o militar en contra de la política del Buen Vecino en el hemisferio occidental".
A juicio del senador Wherry mientras Acheson y Braden permanecieran en el Departamento de Estado, "no había ninguna garantía para el principio de no-intervención aprobado por la 7^ Conferencia Panamericana, y firmado por el presidente Roosevelt el 26 de diciembre de 1933, que reza así: "Ningún Estado tiene derecho a intervenir en los asuntos internos o externos de otro". Al estampar su firma en tan solemne compromiso, el presidente Roosevelt declaró: "Me permito decir con toda tranquilidad que se ha sugerido el principio general de no-intervención con nuestro apoyo, y que ningún gobierno puede temer ninguna clase de intervención de parte de los Estados Unidos durante la administración Roosevelt".
Y enseguida, lo siguiente, que explica de por sí el silencio de nuestra entreguista prensa oligárquica:
"Es hora —declaró el senador Wherry-— es hora de que la política peligrosa de los señores Acheson y Braden termine. Hemos llegado a una intervención tan inexcusable, que estamos confrontados a una confusión completa de nuestras relaciones con los países latinoamericanos. La política bradenista de la intervención por el insulto, ha sido contra la nación más rica y poderosa de Sud América: la Argentina. No estoy defendiendo al gobierno argentino. No soy abogado de ese país. Cualquier excusa que haya habido para seguir una política determinada con la Argentina en la guerra no tiene validez ahora. El curso seguido por los señores Acheson y Braden en los pasados dos años, es positivamente la aventura más estúpida y escandalosa que se pueda encontrar en toda la historia de nuestra diplomacia". (Publicado en "Tribuna" de Buenos Aires, el 17/8/46).
"Perón no Será Presidente"
Naturalmente, Perón recoge el guante. Ejerciendo un elemental derecho de defensa, respondió una y mil veces a los ataques de Braden denunciando la grosera intromisión de un diplomático extranjero en los asuntos internos y en las cuestiones domésticas del país.
"Es posible —expresa en una ocasión— que mí pecado para actuar en la vida pública sea la constante franqueza de mis expresiones, que me lleva a decir siempre lo que siento. Esto me da derecho a que se me crea cuando proclamo mi simpatía y mi admiración hacia el gran pueblo estadounidense, y que pondré cada día mayor empeño en llegar con él a una completa inteligencia, lo mismo que con todas las Naciones Unidas, con las cuales la Argentina ha de colaborar lealmente, pero desde un plano de igualdad. De ahí mi oposición tenaz a intervenciones pretendidas por el señor Braden embajador y por el señor Braden secretario adjunto, de ejecutar en la Argentina sus habilidades para dirigir la política y la economía de naciones que no son las suyas.
"El señor Braden —añade— en su afán de asegurarse la constitución de un gobierno propio en la Argentina, pactó aquí con todo y con todos, concedió su amistad a conservadores, radicales y socialistas; a comunistas, demócratas progresista y pro nazis; y junto a todos ellos, extendió su mano a los detritus que la Revolución fue arrojando de su seno, en sus hondos procesos depuradores. El ex embajador sólo exigía, para brindar su poderosa amistad, una bien probada declaración de odio hacia mi humilde persona".
"Ahora yo pregunto —sigue diciendo Perón—• ¿para qué quiere el señor Braden contar en la Argentina con un gobierno adicto y obsecuente? ¿Es acaso porque pretende repetir en nuestro país la fracasada intentona de Cuba, en donde, como es público y notorio, quiso herir de muerte a la industria que llegó incluso a amenazar y coaccionar la prensa libre que le denunciaba? Si, por un designio fatal del destino, triunfaran las fuerzas regresivas de la oposición, organizadas, alentadas y dirigidas por Spruille Braden, será una realidad terrible para los trabajadores argentinos la situación de angustia, miseria y oprobio que el ex embajador intento imponer, sin éxito, al pueblo cubano. En consecuencia, sepan quienes, el 24 de Febrero (se refería Perón a los comicios del año 1946, que lo consagraron presidente de la Nación) voten por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista, que con ese acto entregan, sencillamente, su voto al señor Braden. La disyuntiva, en esta hora trascendental, es ésta: o Braden o Perón". (Del discurso en el acto de ¡proclamación de su candidatura, el 12/2/46).
Nadie que tuviera un corazón argentino .palpitando en medio del pecho podía dudar un instante. Y no dudó. El Pueblo entero se volcó a favor de Perón. La oligarquía, por su parte, votó por Braden.
"Empezaré por decir —declara Perón en otra ocasión, refiriéndose a un reportaje periodístico— que el tenor de las declaraciones publicadas en los diarios de los Estados Unidos de Norte América corresponde exactamente al de los conceptos vertidos por mí. He dicho entonces, y lo repito ahora, que el contubernio comunista-oligárquico no quiere las elecciones (lo que querían era provocar la guerra civil y con ello la intervención extranjera so pretexto de que no había garantías) ; he dicho también, y lo refirmo, que el contubernio trae al país armas de contrabando[4]; rechazo que en mis declaraciones exista imputación alguna de contrabando a la embajada de Estados Unidos; reitero, en cambio, con toda energía, que esa representación diplomática o más exactamente, el señor Braden, se hallan complicados en el contubernio, y más aún, denuncio al Pueblo de mi Patria que el señor Braden es el inspirador, creador, organizado* y jefe verdadero de la Unión Democrática”,
"Declaro —sigue afirmando Perón— que la intromisión del señor Braden en nuestros asuntos, hasta el extremo de crear, alentar y dirigir un conglomerado político adicto, no puede contar con el apoyo del Pueblo y del gobierno de los Estados Unidos. El presidente Truman ha expresado recientemente que todos los pueblos capaces tienen el derecho de elegir sus propios gobiernos. El Senado de los Estados Unidos, al aprobar el nombramiento del señor Braden para su cargo actual, estableció expresamente que no podría intervenir en las cuestiones internas de los países latinoamericanos sin previa consulta. El mismo gobierno aludido reiteró hace poco la prohibición de intervenir en la política de otros países a los hombres de negocios norteamericanos. El mismo señor Braden alterna sus amenazas de intervención económica y militar con protestas de no-íntervencionismo. En nombre del señor Braden, cuando actuaba como embajador en nuestro país, alguien suficientemente autorizado expresó que yo jamás sería Presidente de los argentinos y que aquí, en nuestra Patria, no podría existir ningún gobierno que se opusiese a las ideas de los Estados Unidos" [5]. (Del discurso del 12/2/46).
CAPITULO XVIII
EL VISITANTE DE LA NOCHE
Y AHORA, otra vez Mr. Kelly: "Mientras continuaban lloviendo leyes obreras y los inspectores empezaban a visitar las grandes estancias —amenazando a los grandes propietarios con la expropiación— el odio de las viejas clases gobernantes se hizo histérico y sin límites; y aún cuando ahora sólo tenía yo relaciones oficiales con el Gobierno, y ninguna con el coronel Perón, mi posición se tornó cada vez más delicada, debido al mero hecho de que mantenía los procedimientos diplomáticos comunes. Corrió el rumor de que la campaña de Braden había fracasado porque yo me había mantenido apartado de ella y todavía me negaba a seguir su ejemplo de atacar al Gobierno. Dejando aparte el hecho de que ello hubiera estado en completo desacuerdo con mis obligaciones como embajador británico, tenía yo la convicción de que Perón iba a ganar, convicción que prácticamente nadie compartía a excepción de Hinkson, el sagaz corresponsal del "Times" y el siempre bien informado Nuncio Papal, monseñor Fietta.
"El ilógico resentimiento de las antiguas clases gobernantes —sigue narrando sir Kelly— halló expresión en su reacción a lo que en tiempos normales hubiera sido la visita muy bien recibida del señor Hore Belisha. Desgraciadamente, aun cuando Hore Belisha no ocupaba cargo oficial alguno, y la verdad era que había salido de Inglaterra en jira privada sin pedir apoyo del Ministerio de Negocios Extranjeros, su visita al Brasil y al Uruguay en viaje a la Argentina fue comentada con tanto entusiasmo por la prensa, que el Gobierno, la oposición y la prensa de la Argentina imaginaron que su viaje tenía un alto significado político. En el estado de ánimo histérico de la oposición en ese momento, cualquier visitante de Inglaterra que hubiera recibido publicidad había de causar con toda seguridad equívocos e intranquilidad, por poca base que hubiera para ello.
"Aunque no recibí de Londres recomendación alguna —explica sir David— pensé que en la atmósfera que entonces reinaba sería peligroso que —como a su juicio sería solo natural— Hore Belisha visitara al coronel Perón y demás; por lo tanto, organicé una serie de agasajos y visitas que facilitaban oportunidades para ponerse en contacto con la oposición, v lo llevé asimismo a visitar al presidente, general Farrell (acción que fue violentamente criticada por la oposición). y obtuve de este último en préstamo un avión oficial para transportar a Hore Belisha, primero a Chanadmalal. la estancia de los Martínez de Hoz cerca de Mar del Plata, y luego a los lagos, de donde debía cruzar a Chile. Arreglé todo lo necesario para que en el transcurso de pocos días conociera a todas las personalidades dignas de conocer, con la única excepción del coronel Perón; a pesar de ello, pocas horas después de la partida de Hore Belisha, circulo por toda la ciudad el cuento —que según tengo entendido, jamás dejó de ser creído— de que él y yo habíamos tenido una entrevista de tres horas con el coronel Perón y los que tenían más imaginación agregaron detalles sobre la cantidad de armas, etc., que Hore Belisha había prometido enviar desde Inglaterra. Aparte de este cuento ridículo, los comentarios de Hore Belisha y sus respuestas a las preguntas que le fueron formuladas, aunque desde el punto de vista inglés eran justas y objetivas, y aun muy hábiles, crearon entre la oposición una rabia incontenible, ya que había llegado a un estado tal de excitación que consideraba que todo el que no estaba a su lado estaba necesariamente en contra de ella".
Evidentemente, no hay como ser ladrón para creer que todos son de su condición. Siempre los mentirosos crónicos terminan por ser víctimas de sus propias mentiras. Como la oligarquía —cuyo estado de histerismo rabioso, divierte tanto como asombra a Mr. Kelly— tramaba una conspiración en contubernio con un embajador extranjero, a fin de provocar a todo evento una intervención armada a nuestro país, le parecía lógico y de lo más natural que el hombre a quien tanto odiaban les imitara en el camino de esa infamia y conspirará a su vez en complicidad con el "enviado especial" de la alta banca de una nación extranjera que, no sólo no era la misma a cuya mesa servida se sentaban diariamente, sino que en cierto modo era rival de aquélla. O si no, temían que ese viajero cuya verdadera misión nadie conocía con exactitud, que ese misterioso visitante de la noche pudiera comprometerse, en nombre de su imperial país, a proporcionarnos los barcos de guerra, los aeroplanos fusiles y cañones que necesitábamos. ;Y para qué? ;Pues para qué otra cosa podría ser que para ganarse antemano y sellar la amistad de quienes, en cumplimiento del espeluznante plan secreto de Perón (que era secreto, sí, pero que ellos conocían muy bien) planeaban invadir a sangre y fuego a todo el continente, avasallar a las "democracias libres" y crear aquí un terrorífico imperio nazi fascista "made in Buenos Aires"? ¿No era como para dar diente con diente? Se comprende que la oligarquía vigilara con ojo insomne los pasos de Hore Belisha y que pusiera el grito en el cielo cada vez que éste entraba en contacto con las esferas oficiales de la Revolución. Sobre todo, con Perón.
Por eso, al circular la versión —por ellos mismos inventada, afirma Kelly—• de que Perón y Belisha se habían entrevistado, hizo sonar de inmediato todos los timbres de la alarma internacional. Naturalmente, no pasaron muchas horas sin que el cable devolviera desde Nueva York el eco de esa alarma. Vamos a citar uno solo de esos comentarios, no porque sea más significativo que cualquier otro, sino porque en él se hallan apareados y como equivalentes, dos términos que todo el mundo creía que eran contrapuestos: fascismo y Gran Bretaña.
Se trata de la revista neoyorquina "Las Amérícas" y el cable que transmitió su comentario fue inserto en "La Nación" de Buenos Aires en su edición del 8/1/46, Dicha revista, luego de señalar que "las enérgicas denuncias del ex embajador y actual secretario ayudante Braden contra el fascismo argentino ha sido de gran ayuda a los demócratas argentinos, pero se necesitan algo más que palabras", formula la siguiente acusación: "El coronel Perón ha estado en connivencia con los británicos por intermedio de Mr. Leslie Hore Belisha, actualmente en misión comercial especial en la América Latina".
¿En qué quedamos? ¿Inglaterra en "connivencias" con el "fascismo argentino"? Cierto es que Hore Belisha, por el simple hecho de venir de visita al país, había saltado escandalosamente el cerco y violado el cordón sanitario con que la oligarquía y Braden pretendían aislarnos, pero este episodio, que por su misma naturaleza no merecía pasar del chisme de entrecasa y del aspaviento entre señoras a la hora del té —"¡qué barbaridad, no? ¡Estos ingleses, siempre tan individualistas! ¿Y la Democracia"?— llegó a trascender hasta repercutir, como se ha dicho, en las lejanas centrales de la plutocracia. Así estaban de preocupados.
Perón no se había entrevistado con Belisha. Esto lo deja bien sentado Mr. Kelly ¿Pero, y si lo hubiera hecho, qué? La presión que ejercía, y el monopolio a que aspiraba ejercer entre nosotros la plutocracia yanqui, con pleno apoyo de la oligarquía criolla, y que llegaba como estamos viendo hasta el punto de tenerlo neutralizado y vigilado por los cuatro costados al propio embajador británico, ¿se había ensoberbecido de tal modo y estaba dispuesta a llevar tan lejos su osadía como para protestar airadamente por lo que hacía o dejaba de hacer en nuestra casa un personaje no oficial que efectuaba una jira particular por estos países? Si a los argentinos, de cualquier color o tendencia política, no les quedaba la libertad elemental, de charlar y visitarse con quien le diera la real gana dentro de su propio territorio nacional, sin pedir antes el permiso y la venia a la potencia del dólar, ¿qué clase de libertad era la suya? ¡Y lo grotesco del caso era que quienes ejercían o pretendían imponer semejante censura eran los mismos que se proclamaban campeones de la libertad y de la democracia!
La oposición criticó "violentamente", según apunta Mr. Kelly, el hecho tan simple y habitual como en cierto modo obligatorio de la visita de cortesía que Hore Belishá hizo al entonces presidente de la Nación, general Farrell. ¿Ni siquiera eso podía hacer? Para esa fecha, el coronel Perón había sido consagrado ya candidato a la presidencia de la República. Era visiblemente hombre de gran arrastre popular y a este respecto el embajador de Gran Bretaña no ocultaba a nadie su impresión de que ganaría la elección. ¿Por qué no podía conversar con él, por qué no debía conocerlo, auscultar sus opiniones y orientación futuras, un personaje representativo de la alta banca y de la industria británica? ¿Por qué el solo enunciado de la posibilidad dé ese contacto, lógico a todas luces, hinchaba el lomo de la plutocracia yanqui y de la oligarquía local, encrespadas de temor, de desconfianza, de irritación?
La punta del ovillo en cuya endiablada trama se quiso enredar a Perón se deja ver aquí más clara y transparente que en ninguna otra etapa de esta dilatada tragicomedia política. Aquí se advierte con toda claridad que lo del "fascismo" del coronel Perón y del movimiento que encabezaba, así como el tan mentado "peligro" que implícitamente uno y otro representaban para la segundad continental, no eran otra cosa que un vulgar cuento chino.
Eso era el pretexto, la cortina de humo.
El "Destino Ineludible"
Lo que se estaba tramando, detrás de esa cortina de humo, era absorbernos comercialmente, colonizarnos económicamente, transfiriendo a los Estados Unidos, de paso, íntegramente y en bloque, todo el volumen del intercambio financiero, toda la actividad industrial y comercial británicas y su casi secular influencia bursátil en estas tierras. Y si la oligarquía criolla —tan adicta hasta entonces al "primer cliente" y "socio principal"— le hacía ahora abiertamente el juego a ese plan, obedecía a la sencilla razón de que el postulante a nuevo patrón era infinitamente más rico y poderoso que el antiguo amo y, en materia de negocios, ofrecía perspectivas que en ninguna circunstancia hubiera podido equiparar el viejo y ya casi desdentado John Bull, acorralado en su reducto de las islas brumosas, en pleno crepúsculo imperial y lleno de dificultades insalvables, creadas por la guerra.
Eso era todo, y el resto literatura. El coro de batracios que tan lúgubremente croaba en la charca pútrida de nuestra oligarquía, clamando en todos los tonos por el cumplimiento de los "sagrados compromisos", exigía el aporte argentino a la lucha por "la libertad y la democracia"; Inglaterra nos pedía, ya más tímidamente, alimentos, sobre todo carne, y dividendos ferroviarios; Norte América solicitaba la concesión de bases militares, pedía la colaboración de nuestra escuadra de guerra en el patrullaje del Atlántico Sur y reclamaba una cuota de carne de cañón para enviarla al matadero europeo, tal como lo había hecho el Brasil. Pero todo eso, en el fondo, era meramente secundario, puro ruido, pretexto, maniobra, como los gritos del tero. Lograr que la Argentina entrara en la guerra o, en última instancia, en la coordinación panamericana, significaba para ellos, desde luego, un procedimiento seguro para maniatarnos mejor, una fórmula infalible para obtener luego lo otro, que era el objetivo permanente, lo esencial, y que no tenía nada que ver ni con los "principios", ni con la "democracia", ni con la "seguridad" y la "solidaridad" continentales. Por eso Inglaterra, que no iba nada en la parada, se mostraba tan remisa en la demanda del objetivo común, y marchaba tan a retaguardia de la línea de batalla en la "guerra fría" con que nos tuvieron en jaque.
No nos engañemos. Tampoco Gran Bretaña hacía cuestión de "principios". Ya nos ha confesado Mr. Kelly que, de entrada nomás, él se dio cuenta de que Perón era quien iba a ganar la batalla aquí, en la Argentina. Ponerse de su lado y no comprometer inútilmente á su país en la burda campaña bradenista fue, por lo tanto, cuestión de elemental estrategia para cualquier embajador que tuviera el sentido de su deber. Por otra parte, si Mr. Churchill, desde lejos, decía que sí a todo cuanto le pedían Roosevelt y Truman, y por detrás le hacía señas a Kelly azuzándolo para que siguiera con Perón y el peronismo, lo hacía a su vez porque el viejo y astuto "premier" había visto con su ojo de lince, desde el primer momento, y comprendido con toda claridad, qué era lo que Norte América se estaba jugando en la patriada. De sobra sabía Churchill que si los Estados Unidos conseguían empujar a la Argentina hasta hacerla entrar en la guerra, ésta caería inevitable y definitivamente en la órbita del dólar (como le ocurrió al Brasil) y Gran Bretaña perdería así "su mejor colonia", ("la más rica y próspera fuera del Commonwealth"), como se dijera en el parlamento británico en alguna memorable ocasión.
Esta circunstancia, por otra parte, no había escapado a la perspicacia de Mr. Kelly quien, en los primeros capítulos de estas sus Memorias, ya nos había hecho notar que los yanquis, aunque aparecieron muchos años más tarde que los ingleses en el escenario comer-cial-financiero de América Latina, habían avanzado considerablemente a su costa, merced al útil aprovechamiento de la coyuntura que les ofrecieran las dos guerras mundiales. A partir del año 1919, los norteamericanos habían adquirido varios servicios públicos que originariamente habían sido establecidos por los ingleses, "y ahora —dice Kelly— estaban convencidos de que era su destino ineludible apoderarse del mercado argentino, cosa que ya habían hecho con los Estados centroamericanos y en el Brasil y que estaban consiguiendo rápidamente en todas las repúblicas sudamericanas".
¡Ojo con esto! La expresión "destino ineludible" que, según nos confía sir David, empleaban los yanquis para dibujar sus actuales ambiciones comerciales en el continente latinoamericano y advertirnos de lo que nos espera, tiene un parecido harto sospechoso con otra célebre expresión del mismo cuño: la del "destino manifiesto", implícita, si no en el articulado, en el espíritu de la Doctrina ~Monroe, en cuyo nombre los Estados Unidos se calzaron hace más de un siglo las botas de siete leguas de la expansión continental y no pararon hasta ser lo que ahora son.
Cierto es que la expresión "destino manifiesto" no aparece como tal sino cuando llega a su punto culminante el movimiento expansionista de 1845, pero también es cierto que, muchos años antes, John Quincy Adams, el verdadero arquitecto de la Doctrina Monroe, había advertido que ésta no era un acto de constricción, ni un postulado de abnegación, y que "el mundo debería familiarizarse con la idea de considerar el continente norteamericano como nuestro dominio natural". (Ver Julius W. Prat: "John L. O'Sullivan and Manifest Destiny", New York History, XIV, 213-234).
Conste que no está en nuestro ánimo criticar a los norteamericanos en este aspecto de su historia y de su patriotismo. Ellos inventaron la Doctrina Monroe para frenar a los imperios vigentes en esa época en Europa y Asia, y advertirles, mientras se expandían a sus anchas, que debían abstenerse de todo plan de conquistas o adquisiciones territoriales en este Hemisferio, particularmente en las regiones contiguas al antiguo Imperio español en Norte América y la codiciada isla de Cuba. Así pudieron quedarse tranquilamente con todo lo que lograron abarcar. El error nuestro, el terrible error colectivo en que incurrieron las naciones que integran la América Latina es, no sólo el de haberse desmembrado y poco menos atomizado, sino el de no haber comprendido ni remediado a tiempo la imperiosa necesidad de crear para su propio uso interno una "doctrina" semejante que, así como la de Monroe sirvió tan admirablemente a Norte América para engrandecerse y preservarse de toda competencia imperial procedente de ultramar, nos hubiera servido a nosotros para protegernos -de la excesiva atracción centrífuga que caracteriza al poderoso país del Norte.
Lo penoso de todo esto es que, lejos de hacerlo así, le hemos dejado y seguimos dejándole la iniciativa en materia de "panamericanización" de los dos continentes.
Pero esta es otra historia.
CAPITULO XIX
LA TRAICIÓN EN TRAJE DE PAPEL
VIENE ahora el capítulo más escabroso de las Memorias de sir Kelly. El que se refiere a la oligárquica familia que editaba "La Prensa", el diario que durante tantos y tan nefastos años determinó la lluvia y el buen tiempo para todos los gobiernos de nuestro país.
"Me he referido ya a nuestras relaciones con la prensa argentina —dice Mr. Kelly—. Pocos años después de salir de la Argentina leí en un libro llamado "Ganando amigos para Gran Bretaña", publicado en 1948 por mi antiguo agregado de prensa, S. R. Robertson, una declaración de que cuando Robertson, de acuerdo con mis instrucciones, llevó a un visitante importante a verlo a Gainza Paz, propietario y director del diario argentino más importante, "La Prensa" (ahora clausurado * por el general Perón) el visitante contestó a las amistosas referencias que hizo Gainza Paz sobre mí con el siguiente comentario: "Cualquier imbécil puede ser embajador, ya que sólo tiene que obedecer instrucciones”.
"Aunque esto fue indudablemente dicho en broma» es un comentario significativo que la familia Paz, propietaria de "La Prensa", no solamente estaba exclusivamente asociada —a mi llegada a Buenos Aires, en 1942— "con agencias noticiosas no británicas", sino que estaba asimismo en términos poco amistosos con nuestra embajada; pero muy poco tiempo después se contaba entre nuestros mejores amigos personales. En el aspecto comercial, Reuter obtuvo un contrato con "La Prensa" por haber seguido mis consejos de ofrecer gratuitamente sus servicios en un momento en que el servicio norteamericano de "La Prensa" había sido suspendido por el general Perón.
"La Prensa" llegó a estar dispuesta en todo momento a hacer lugar y dar amplia publicidad a cualquier noticia que yo pidiera personalmente se publicara; en varías oportunidades, las opiniones que yo había expresado en discursos sirvieron de tema para los editoriales y por lo menos en una ocasión, uno de los artículos de fondo se basó en una conferencia' dada por mi esposa. La idea de que ese tipo de resultados puede obtenerse "siguiendo instrucciones" sería infantil, si se la mantiene constantemente como idea. He contado la anécdota como ilustración de lo que puede hacer un embajador sin instrucciones de su Gobierno, y en honor a la verdad, sin que éste esté enterado de nada".
Observe el lector la curiosa reacción mental de Mr. Kelly relativa a la anécdota que él mismo acaba de contar. Al enterarse de que un visitante de jerarquía, y compatriota suyo, lo ha calificado indirectamente de "imbécil" al señalar que para "limitarse" a recibir y cumplir instrucciones de su gobierno cualquier tarado mental podía desempeñarse perfectamente como embajador, Mr. Kelly sospecha, y con razón, que el diálogo entre Gainza Paz y dicho personaje se ha orientado por ahí debido a que el señor director de "La Prensa" se ha lamentado de esa circunstancia —y de su reflejo en la política local— no obstante sus protestas de simpatía hacia la persona del embajador. Por eso, en lugar de reaccionar ¡contra quien tan gratuitamente le endilga semejante adjetivo, a quien realmente ataca y perjudica Mr. Kelly (en el sentido que dan los mejicanos al término "perjudicar") es a Gainza Paz, al poner en evidencia lo que todos ya sabíamos aquí, pero que nadie hasta ahora había podido corroborar con tan pleno conocimiento de causa como quien fue testigo y al mismo tiempo embajador de Gran Bretaña en ese entonces, esto es, que "La Prensa" no sólo respondía preferentemente a los intereses yanquis, (así como "La Nación" respondía a los intereses británicos en una tácita y "caballeresca" división de condominio al revés) sino que en este caso particular "La Prensa" estaba exclusivamente asociada a las agencias noticiosas yanquis, cuya inveterada insolencia y actitud hostil hacía nuestro país compartía, por consiguiente, en plena y doble responsabilidad[6].
"En 1942 — anota Mr. Kelly— "La Prensa" no solamente estaba exclusivamente asociada con agencias noticiosas no británicas, sino que estaba asimismo en términos poco amistosos con nuestra embajada". Así era en verdad. Por aquella época, los dos "colosos" de la prensa matutina nacional jugaban todavía, picaruela-mente, a Móntescos y Capuletos en el ambiente periodístico argentino. Con esas inocencias "La Prensa" y "La Nación" distraían a la opinión y ocultaban mejor su verdadero juego, el que hacían en serio, el "gentlemen's agreement", la división de condominio al revés, a que se acaba de aludir.
Así estaban las cosas cuando llega al país sir David Kelly, en el año 1942. Pero estalla la Revolución del 4 de Junio, se suceden las etapas contradictorias que ya hemos descrito y, al descorrerse finalmente el velo inicial y conocerse la vocación de ese movimiento, Móntescos y Capuletos descubren juntos y con idéntica alarma el rostro inconfundible del "peligro común". En tal emergencia, los dos desavenidos colosos de la prensa oligárquica argentina deponen las viejas rencillas y celos de entrecasa, hacen un frente común, identifican con los mismos términos al "enemigo", sincronizan las andanadas periodísticas que le lanzan desde todos los ángulos, se prestan graciosamente los servicios de. sus respectivas agencias noticiosas y se declaran cada uno amigo de los amigos del otro.
¡Panorama cordial, y en cierto modo conmovedor, cuyo paisaje completa el rostro redondo y rubicundo de Mr. Braden, quien se encarga de entrelazar con un moñito dorado, constelado de estrellas, a las dos manos así fraternalmente unidas!
"Ni el Sepulcro Podrá Redimirlos"
Incluso se pusieron de acuerdo, pese a los intereses contrapuestos que defendían, en apoyar la tentativa de transferir el volumen comercial y financiero del "primer cliente" inglés al competidor norteamericano, porque así lo tenía resuelto la oligarquía de la que eran intérpretes y a la que encarnaban en traje de papel. Y cuando Braden apuró las cosas, llegando hasta a amenazar con la intervención armada y se pudieron ver sobre la superficie del Plata las humeantes chimeneas de los enemigos barcos de guerra y oír a sus aviones atronando el cielo del estuario, esos dos grandes diarios de la oligarquía, "orgullo del periodismo americano", acallaron las voces que de seguro les subían en forma de rubor desde el fondo de sus conciencias y se pasaron con armas y bagajes al enemigo.
Lejos de hacer oír su voz de protesta por el cariz que estaban tomando las cosas, que ya afectaban directamente a la soberanía nacional; lejos de puntualizar, como podían y debían haberlo hecho, los verdaderos términos del problema, ubicando honestamente la situación argentina a fin de contribuir a su esclarecimiento y evitar así que prosperase la maniobra confusionista que se estaba realizando a nuestra costa con el visible propósito de pescar en río revuelto, ambas "tribunas de doctrina" se hicieron eco de cuantas insidias y calumnias se echaron a rodar continentalmente por quienes tenían sumo interés en sembrar la alarma contra nuestro país; y, en lugar de condenarlos, señalándolos a la vindicta pública como correspondía por traidores que eran, aplaudieron con ambas manos a quienes apoyaban todo eso y se sumaban a la insolente prepotencia extranjera, tal como lo habían hecho sus antepasados de casta un siglo atrás al aliarse y alentar, desde Montevideo, el interminable bloqueo a que sometieron al puerto de Buenos Aires (al margen de la Doctrina Monroe, que dormía en esos instantes) las combinadas escuadras imperiales de Francia y de Inglaterra, las dos naciones más poderosas de la tierra, por aquellos días.
En ésto obró la ley de la sangre. Una tal actitud hizo proferir a San Martín la ilevantable sentencia que seguramente repetiría hoy frente a la reedición de aquella hazaña, a cargo de sus herederos directos: "De una tal felonía, ni el sepulcro podrá redimirlos”.
Y ya que hemos mencionado a Braden oigamos lo que Gainza Paz le dijo al ex embajador cuando ya éste también había dejado de ser secretario ayudante del Departamento de Estado, a raíz de que el gobierno de los Estados Unidos decidió abandonar el peligroso, y sobre todo contraproducente rumbo de la política iniciada por aquél en el continente latinoamericano. El episodio aparece narrado en la revista "Loock", de Nueva York, y su comentario fue trascripto en la edición del 20/9/51 en nuestro vespertino "Noticias Gráficas". El artículo de "Loock", que firma Braden, se titula "Dejemos de comprar dictadores" y en uno de sus párrafos, después de comentar que el tiempo que él pasó en la Argentina, coincidió con el período de la aterradora ascensión al poder de Perón, que culminó con su elección libre del mes de febrero siguiente", y de subrayar que pudo ver con sus propios ojos "los comienzos de la terrible dictadura totalitaria", cita este fragmento de conversación con Gainza Paz, de cuyos labios recibe la corroboración de que él, Spruille Braden, no estaba equivocado cuando sostenía y ponía violentamente en acción su tesis de que "era indispensable ejercer una política enérgica contra la Argentina de Perón".
Oigamos a Braden:
"No puede haber mejor prueba de ello —dice— que lo que el Dr. Alberto Gainza Paz, director de "La Prensa", hoy clausurada, me dijo hace un par de años: "La Argentina, como usted sabe, no ha sentido nunca mucha amistad por los EE.UU. Nosotros tenemos un fuerte orgullo nacional y hemos tenido diferencias económicas. Hace mucho que los argentinos se han sentido ofendidos por el insulto implícito a su país al prohibir la importación de carnes argentinas porque estaban en malas condiciones. Cuando Ud. llegó a la Argentina como embajador y empezó a hablarnos amigablemente y con franqueza, muchos argentinos correctos y liberales cambiaron su modo de pensar y olvidaron su resentimiento hacia los EE.UU. Los respetábamos. Pero permítame decirle lo que ha sucedido desde que Washington abandonó la política iniciada por usted: EE. UU. ha perdido todos sus amigos en la Argentina".
He aquí una típica mentalidad oligárquica, en todas sus facetas. En primer lugar, la preocupación vacuna. Ante todo, las vacas, su precio, su colocación en el exterior. Después el país y su pueblo. El "resentimiento" de los argentinos hacia los norteamericanos a que alude Gainza Paz y que se debía, según el, a que se negaban a comprarnos carne con el pretexto de la aftosa, sólo podía existir, como causa, en el ánimo y en la mente de la oligarquía ganadera en general y del señor Gainza Paz en particular. En esto a los Paz les llevaban ventaja los de "La Nación”, tradicionales amigos y servidores del "socio principal" y "cliente único" de nuestras carnes, Gran Bretaña. Pero al pueblo argentino todo éso le importaba un comino. El pueblo argentino se enteraba siempre con una sonrisa irónica y comentaba a menudo sarcásticamente los plañideros editoriales de "La Prensa", vinculados al asunto de la aftosa.
En vista de tan reiterada dificultad, nuestra gente se preguntaba por qué no se ponía a su alcance esa carne que tanto trabajo costaba vender a Norte América. Porque la triste realidad del caso era que no se trataba de vender el excedente de nuestra producción ganadera, una vez cubiertas las necesidades del país, sino de vender al extranjero (porque pagaba mejor) la carne de buena calidad, dejando para el consumo del país la carne que, por ser de inferior calidad, tenía menos probabilidades de ser colocada en los mercados de ultramar.
La verdad era que en el "país de la carne", el pueblo, en particular el pueblo que,-Habitaba en el interior, comía carne flaca y mala, procedente, en general de animales viejos. La carne fina, la flor de nuestra producción, el "chilled" de los "Shorthorn's" esa carne no la veía el pueblo ni con telescopio. Los famosos "bifes", que tanta fama le han dado al país como presunto paraíso de la superabundancia alimenticia, apenas si se expendían en los restaurantes de lujo de Buenos Aires.
En tierra adentro, más allá de cien o doscientos kilómetros de distancia Je ia capital federal, esos monumentales y simbólicos "bifes" eran completamente desconocidos.
La misma población de Buenos Aires recién tuvo a su alcance la gorda carne de los "Shorthorn's" y pudo comprobar su exquisito sabor a raíz de las dificultades surgidas en el intercambio comercial con Gran Bretaña debido a circunstancias de todos conocidas. Anteriormente, toda esa producción se exportaba para los ingleses. De ahí que el pueblo nuestro se preguntara, con amarga y recelosa ironía, qué es lo que iría a pasar el día que los yanquis decidieran borrar el imaginario obstáculo de la aftosa y comprar la carne argentina. Con el formidable poder adquisitivo del dólar, no nos iban a dejar ni los huesos, y entonces sí que tendríamos que dedicarnos a comer "vizcachas'*, como aconsejara alguna vez, muy seriamente, "La Nación", de Buenos Aires.
"¿Y así Habla un Argentino?"
Esto, en cuanto a la carne y al pretendido "resentimiento" argentino contra los yanquis, originado por su causa, según Gainza Paz. Veamos ahora la otra faceta, no menos deplorable, de la mentalidad típicamente colonial de este arquetipo de la oligarquía criolla: la que se refiere a la pérdida total" de los amigos que aquí tenían los EE.UU. y la razón a que atribuye esa pérdida.
Cuenta Braden que Gainza le dijo que, cuando él, Braden, llegó aquí como embajador y empezó a hablar "amigablemente y con franqueza", muchos argentinos "correctos y liberales" cambiaron su modo de pensar y olvidaron su resentimiento hacia los EE.UU. ¿Cómo así? Quiere decir que se olvidaron de las vacas y se acordaron de la Democracia. En efecto: estos empedernidos oligarcas, estos apéndices locales de la plutocracia internacional, que siempre estuvieron de espaldas al pueblo, que ignoraron en todo momento su orfandad y cerraron los ojos ante su miseria; éstos que habían escarnecido a Yrigoyen hasta derrocarlo, sólo porque quiso rescatar el petróleo y salvaguardar la soberanía del subsuelo nacional, y también porque intentó, aunque sin éxito, reivindicar a las clases más humildes del proletariado argentino; estos mismos que luego formaron un solo iy mancomunado frente con la intromisión extranjera y cerraron en filas compactas contra ese Perón que enarbolaba la triple bandera de la redención nacional: "una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana"; esos mismos eternos señorones de la mesa servida, eran los que habían encontrado tan "amigable" el tono de "franqueza" con que nos hablaba Braden que, en su honor, olvidaron el resentimiento que de antiguo abrigaron contra los EE. UU. porque se negaba a comprarles las vacas. Se sacaron el sombrero. "Los respetábamos", le confiesa Gainza Paz a Braden. Y era cierto. A estos viejos patrones de estancia, a estos antiguos capataces de esclavos, siempre les ha impresionado el ruido del látigo cuando otro lo hace resonar más fuerte que ellos.
Hemos visto en los capítulos precedentes en qué consistía esa forma "amigable" y "franca" que, según Gainza Paz, utilizó Braden para hablar al pueblo argentino desde la embajada en Buenos Aires, primero, y desde el Departamento de Estado de Washington, después. Sólo un "colonial 100 x 100" podía aceptar ese tono y confesar que no solamente le inspiraba simpatía sino que además le inspiraba "respeto". Pero lo grande es cuando Gainza Paz le declara a Braden: "desde que Washington abandonó la política iniciada por usted, los Estados Unidos han perdido todos sus amigos en la Argentina" (¡)
De manera que cuando el gobierno de la Unión, alarmado por las consecuencias derivadas de la insolente política intervencionista del señor Braden y convencido de su rotundo fracaso, decide relevarlo de su cargo y cambiar el rumbo de esa política, devolviendo a sus relaciones diplomáticas con la Argentina el tono de decencia y de igualdad a que tenía derecho y que exigía como nación libre y soberana, el señor Gainza Paz se enoja, se siente íntimamente defraudado y ofendido y le informa a Braden que "por éso" los EE. UU. se han quedado "sin un sólo amigo en la Argentina".
¿Y éste era el lenguaje de un argentino? Por muy grande que haya sido el resentimiento provocado en Gainza Paz por la desilusión sufrida al comprobar que Braden y su acólitos habían perdido la partida; que entre todos no habían podido contra Perón; que la guerra civil no había estallado, a pesar de las promesas y de los esfuerzos de Braden, y que la escuadra norteamericana que vino al Plata al mando del almirante Cunningham y ancló en la rada de Montevideo, con sus fuegos encendidos y sus cañones apuntando a Buenos Aires, no tuvo otro remedio que alejarse un día y virar hacia el Atlántico norte, dejando a los de la U.D. con las ganas de una masacre en la chusma de "descamisados" que seguía a Perón, por muchas razones o sinrazones que se acumulen en su descargo, no hay rencor, ni decepción, ni nublamiento del intelecto producido por el odio, aunque sea "histérico'*, como dice Mr. Kelly, que justifique semejante distorsionamiento y falsificación de los hechos ocurridos.
Lo grave del caso es que este hombre, este Gainza Paz, era nada menos que uno de los jerarcas más representativos, el gran bonete de la "claque" oligárquica que aquí preparaba, con formidable estruendo, el camino para la intervención extranjera en los asuntos internos de la política argentina, dirigiendo y organizando el clima de inseguridad, la psicosis de la alarma perpetua que a la postre justificara aquella intromisión, clamando a voz en cuello por la "dignidad democrática", que estimaban perdida, y por el "libre ejercicio de la ciudadanía", que siempre habían enmascarado en su provecho y que ahora consideraban alterado, sólo porque el movimiento peronista les estaba retaceando sus privilegios y estaba intentando- devolverle al pueblo los derechos que ellos mismos le habían conculcado.
La Cuota de Sangre
Lo grave del asunto era que este mismo Gainza Paz fue el director-propietario de ese diario "La Prensa", por cuya momentánea desaparición se pusieron luto sus colegas del continente subalternizado, el mismo diario que en sus tiempos de gloria derribaba todo el ministerio con un solo editorial y que ahora, convertido en campeón de todas las causas anti-argentínas, recordaba, en su edición del 15 de febrero de 1946, es decir, pocos días antes de la elección que consagró a Perón como Presidente de la Nación, y cuando ya la guerra mundial había terminado y todos trataban de olvidarse de ella, todavía recordaba editorialmente que no habíamos cumplido los "sagrados" compromisos, llorando la ocasión perdida de haber derramado la sangre de la juventud argentina:
"El pueblo argentino —se lamentaba "La Prensa"— ha .vivido amargado durante estos cuatro años largos transcurridos desde que la guerra llegó al continente americano, porque la Nación, oficialmente, no estaba donde debía estar y no lo estuvo tampoco después de la ruptura de relaciones con el "eje" ni después de declararle la guerra".
¡Ni una sola .gota de sangre argentina habíamos puesto en la balanza de los "principios". ¡Qué dolor, y qué vergüenza! ¿verdad? Pero lo cierto era que el Pueblo argentino no sentía ningún remordimiento, y que los únicos que estaban amargados eran ellos, los oligarcas, porque se les habían escapado las dos puntas del gran negocio que para la oligarquía criolla y la plutocracia internacional hubiera significado hacer entrar a la Argentina en la guerra.
El pueblo argentino, por el contrario, se sentía tranquilo, satisfecho y feliz de haber eludido una guerra cuyos motivos se renuevan sin cesar y que ahora, por lo que se vé, habrá que empezar de nuevo. Porque ayer, si se recuerda, había que ir a morir en los campos de Europa para salvar a Polonia, y a Hungría, Austria, Checoeslovaquia y la Rusia de Stalin y de los Soviets, de las garras homicidas de Italia, Alemania y el Japón, y mañana, por no decir hoy, nos van a pedir que partamos a morir en esos mismos campos, pero ahora para salvar a Italia, el Japón y Alemania occidental, de las garras también homicidas de la Rusia Soviética de Malenkov, coaligada con Polonia y Austria y Hungría y Checoeslovaquia (a las que se ha sumado, a último momento la China de Mao Tse Tung). Y siempre, naturalmente, a la zaga de Gran Bretaña y de los Estados Unidos, en cuya inamovible estela parece que se ha domiciliado definitivamente la causa de la "civilización".
Por esos carriles se deslizaban la prédica con que, por sí misma, y por medio de las agencias noticiosas al servicio de la plutocracia nos envenenaba cotidianamente la prensa oligárquica. Y de ella era el piloto N9 1 ese diario "La Prensa", cuyo director-propietario fue el Dr. Gaínza Paz.
Servidores de todo lo extranjero en una medida que por su absurda e inexplicable obsecuencia "asombraba" a los mismos que se beneficiaban con ella; enemigos en bloque del país en que habían nacido y de cuyos mejores jugos vitales se servían en proporción indecorosa; indiferentes y extraños a las manifestaciones populares, cuyas expresiones más genuinas y elementales de su vivir menospreciaban en nombre de la "cultura", calificándolas de testimonios y resabios de la antigua barbarie; enemigos de la patria en cuanto significara abrir posibilidades para su ulterior engrandecimiento —siempre que esas posibilidades afectaran o tangenciaran algún interés creado de procedencia foránea— partidarios de* mantener indefinidamente al país en el primitivo grado de progreso de la etapa agropecuaria; mantenedores y cantores del mito de la "canasta de pan", con cuyo cuento infantil pretendieron eternizarnos en la humilde condición de medieros y proveedores de carne y trigo para el resto del mundo —carne y trigo que vendíamos por centavítos a cambio de que nos permitieran comprar a precio de oro productos manufacturados que recién ahora estamos comprobando que podíamos fabricarlos una y mil veces en nuestra misma casa y con nuestras propias manos— se comprende el casi imperceptible dejo de orgullo imperial con que Mr. Kelly vuelve a subrayar, aunque sin ocultar su extrañeza, que "La Prensa" estaba "siempre dispuesta" a hacer lugar y dar "amplia publicidad" a cualquier noticia que él pidiera personalmente, y más aún, que las opiniones vertidas en sus discursos "sirvieran de tema para los editoriales" y que, incluso, de una conferencia de su señora esposa "sacaran material para un artículo de fondo".
Ya había comentado Mr. Kelly al principio de esta crónica, con el mismo ademán de asombro y perplejidad que, en ocasión del debate público en torno a la famosa cuestión de los ferrocarriles (cuya posibilidad de que pasaran a poder de los argentinos, en virtud de la Ley Mitre, alarmaba "patrióticamente" a todos nuestros diarios coloniales, "La Prensa" y "La Nación" a la cabeza, en cuyas "tribunas de doctrina" no se les caía de la boca el latiguillo de que "el Estado es mal administrador**» eufemismo con que el que estaban pidiendo a gritos que se los regaláramos de nuevo a los ingleses) ya en esa ocasión, repetimos, el propio Mr. Kelly había comprobado que mientras él, con su buen tacto británico, temía ofender al pueblo y al gobierno argentinos al expresar en un discurso —pronunciado ante sus compatriotas— cuáles eran sus puntos de vista en legítima defensa de los intereses de Gran Bretaña que, como embajador de aquel país tenía el deber de defender, (intereses, en el caso, lógicamente contrapuestos al interés argentino, y de ahí su aprensión y temor de que tomáramos a mal esa defensa) se encontró con la agradabilísima novedad, totalmente inesperada para su honrado juicio, de que lejos de molestarse por ello, el viejo mastodonte de la farola le dedicaba un editorial "sorprendentemente cordial'* (!).
Así se comportaban los directores de estos nuestros grandes diarios coloniales en todas las circunstancias en que el interés argentino se oponía o -chocaba con los intereses imperiales del dólar o de la libra esterlina, salvo, claro está, que se tratara del precio de venta de sus vacas. Entonces sí que se volvían irreductibles, se encrespaban hasta echar espumarajos y enarbolaban un patriotismo inflamado de hermosas palabras que en ocasiones llegó hasta a hacer lagrimear de emoción a este pueblo desprevenido y bienaventurado.
En síntesis: la traición, en traje de papel.
CAPITULO XX
Y AQUÍ TERMINA MR. KELLY
LAS "memorias" de Mr. Kelly tocan a su fin, por lo menos en lo que respecta a los dos capítulos que en ellas dedicó a su agitada misión en la Argentina. Los párrafos que siguen no añaden nada substancial a lo ya dicho. Si los transcribimos, pese a su escasa significación, es simplemente para no dejar trunco su relato, el que termina así:
"Cuando se realizaron las elecciones presidenciales a principios de 1946, justificaron ampliamente la conducta que yo había seguido constantemente durante los dos años anteriores, con respecto a nuestro propio gobierno, con respecto a los norteamericanos y con respecto a la oposición argentina. Sin el proceso de falsificación y de intimidación de las elecciones anteriores —y sin ese proceso, porque no había necesidad de él— Perón llevó la delantera de un extremo a otro del país y se consolidó en el poder con una mayoría aplastante entre las ruinas de los viejos partidos.
"Por supuesto, mi negativa a participar en los ataques al Gobierno o evitar toda clase de relaciones con él, se basó en una cuestión de principios y hubiera actuado de la misma manera aun si no hubiera estado convencido de que Perón iba a ser el próximo presidente.
A pesar de todo, la oposición, que no había sabido interpretar todos los síntomas, empezó inmediatamente a comentar que después de todo yo había tenido razón en mantenerme al margen de las peleas. ("Oh, ¡qué vivo el inglés!*', como decían). Ya en ese momento me habían ofrecido y había yo aceptado el cargo de Embajador en Turquía y salí de la Argentina antes de que Perón asumiera el poder, y antes de que la "sociedad" hubiera vuelto a la ciudad para pasar el invierno (junio, julio y agosto, en el hemisferio sur).
"Recuerdo vivamente el último incidente oficial de mi estada en Buenos Aires. Hacía muchos meses que sólo había tenido vínculos comerciales con e1 Gobierno de Fa-rrell, sabiendo que la más mínima apariencia de cordiales relaciones podría producir una explosión. En todas mis visitas al general Farrell para tratar asuntos de negocios, éste me preguntaba por qué nunca lo llamaba para arreglar una visita en su casa, "tomar whisky y hablar conmigo en privado". La única vez que me atreví a hacer uso de esta invitación permanente fue cuando una huelga prolongada en nuestros frigoríficos amenazaba terminar en serios desórdenes. Fui a la residencia privada del presidente y después de un par de whisky me aseguró que actuaría sin demora: la huelga terminó en 24 horas. A pesar de todo, cuando Farrell me invitó, el día antes de mi partida, a almorzar en su residencia, estuvieron presentes todos los Ministros de Gobierno —cosa poco usual en esas oportunidades— v en el momento de la despalda, el presidente me acompañó hasta la puerta del coche, mientras que los Ministros, agrupados en la puerta, me saludaban a gritos. Al día siguiente, al dirigirme al aeropuerto (mi mujer había abandonado el país una semana antes1), me acompañó el encargado de negocios de Estados Unidos, Jack Cabot.
"Es preciso tener en cuenta las relaciones violentamente tirantes en ese momento entre los Gobiernos de la Argentina y Estados Unidos para poder apreciar el significado de esta conjunción de acontecimientos, que a decir verdad constituía una indicación positiva de que hasta el último momento había tenido yo la suerte de poder evitar los peligros reales de una misión ingrata y negativa".
Adiós Mr. Kelly. Y gracias por todo.
ESTE LIBRO QUE APARECIÓ EL QUINCE DE JUNIO SE TERMINO DE IMPRIMIR EL DOCE DE JUNIO DEL AÑO MIL NOVECIENTOS CINCUENTA Y TRES EN LOS TALLERES GRÁFICOS DE ALEA SOC. ANÓN. CALLE RIVADAVIA SETECIENTOS SESENTA Y SIETE DE BUENOS AIRES BAJO LA DIRECCIÓN TÉCNICA DE LA MISMA EMPRESA
[1] Nota de la Editorial véase para más detalles la edición "Conducción Política" del Gral. Perón, publicada por la Escuela Superior Peronista.
[2] Pavón Pereyra, ob. cit. pag. 179.
[3] Más tarde en 1951, el mismo planteo hace un raro general Bensón en Méjico... y en marzo de 1953 el plan es puesto en ejecución.
[4] El sistema de 1953 no es pues "original". Además el contrabando, como de costumbre, se realiza por la costa uruguaya.
[5] ¡Cómo cambian los tiempos! En 1953 el Presidente de loa argentinos denuncia públicamente en el Congreso al Departamento de Estado por sus "amistosas" influencias en la campaña de difamación internacional anti-argentina realizada en Marzo y Abril del mismo año.
* Perón no clausuró "La Prensa". Esta dejó de aparecer por que los "canillitas" se negaron a venderla, a raíz de un conflicto gremial; y el Congreso Nacional decidió su expropiación con fines sociales.
[6] En 1953 advertirnos que las agencias noticiosas no británicos que en 1952 servían a "La Prensa" eran la U. P., la A.P. e I.N.S. ¡ Rara coincidencia del destino que las reúne ahora en la desgracia de una "aventura" tan semejante a aquella de Braden en 1945!